La marca indeleble de la Guerra de los Seis Días

Majda el-Batsch en el techo de su casa, desde donde se puede ver la Cúpula de la Roca. Crédito: Pierre Klochendler/IPS
Majda el-Batsch en el techo de su casa, desde donde se puede ver la Cúpula de la Roca. Crédito: Pierre Klochendler/IPS

Majda El Batsch tenía ocho años en junio de 1967 cuando se enteró de la Guerra de los Seis Días. “Nos sabía lo que quería decir ‘guerra’”, recuerda. Más de cuatro décadas después, esta palestina, ahora convertida en periodista, aún trata de descifrar el significado del conflicto.

El israelí Yaki Chetz tiene hoy 68 años, pero en cierta forma sigue siendo aquel paracaidista que peleó en la guerra. El veterano realiza ante IPS una demostración de una situación de combate cuerpo a cuerpo.

Chetz y El Batsch no se conocen. El primero peleó en la guerra, mientras que la segunda creció con ella. Ambos son claros ejemplos de cómo el conflicto bélico dejó marcas indelebles en israelíes, palestinos e incluso en otros pueblos de la región.

El 5 de junio de 1967, Israel lanzó una guerra preventiva contra ejércitos árabes que se habían congregado en sus fronteras. En solo seis días, los israelíes tomaron Jerusalén oriental, Cisjordania, la franja de Gaza (se retiró unilateralmente de este último territorio en 2005), el desierto de Sinaí (que devolvió a Egipto por el acuerdo de paz firmado en 1979) y los Altos del Golán en Siria.

“Nosotros escuchábamos la radio. Los hombres pintaban las ventanas y las mujeres hacían pan”, rememora El Batsch.

Desde el techo de la casa de su familia, en el barrio musulmán de la amurallada Ciudad Vieja, uno puede tener una vista panorámica que revela lo intrincado del conflicto.

Desde allí se puede apreciar un sinnúmero de banderas israelíes, la mezquita de Al Aqsa, sagrada para los musulmanes, la Cúpula de la Roca, sitio venerado tanto por mahometanos como por judíos, y el Muro de los Lamentos, vestigio del antiguo Templo de Jerusalén.

El Batsch no puede escapar ni a su historia ni a sus recuerdos. Aún mantiene vívidas en su memoria varias anécdotas, como aquel esperanzador rumor que recorrió la Ciudad Vieja a comienzos de la guerra. “El ejército de Iraq llegó a aquí a salvarnos”, decían entonces, equivocados, los palestinos.

Chetz es más frío. “La gente religiosa tiene sentimientos por Jerusalén, pero para nosotros los soldados es solo una ciudad fronteriza”, señala.

Lucha por Jerusalén

Luego de la guerra de independencia de Israel en 1948, Jerusalén oriental fue conquistada y anexada por el Reino Hachemita de Jordania. El naciente estado judío estableció su capital en el sector occidental de la ciudad, situación que se mantuvo por dos décadas.

El veterano de guerra israelí Yaki Chetz recuerda bien la guerra de 1967. Crédito: Pierre Klochendler/IPS
El veterano de guerra israelí Yaki Chetz recuerda bien la guerra de 1967. Crédito: Pierre Klochendler/IPS

Pero el 6 de junio de 1967, a un batallón de paracaidistas israelíes se le asignó la misión de tomar el control de una pequeña colina estratégica que dominaba la tierra de nadie que dividía a Jerusalén en dos.

“La misión era la Colina de la Munición, no Jerusalén ni la Ciudad Vieja”, subraya Chetz.

Luego de cinco horas de combate cuerpo a cuerpo, 105 jordanos y 35 israelíes murieron, 18 de ellos del pelotón de Chetz.

“Tenía mucho miedo”, reconoce. “Los jordanos estaban esperando para matarnos. Yo pensé: ‘Me quedan solo cinco metros para salvarme’. Era pura supervivencia. Murieron tantos soldados, tantos amigos… Me sentía desesperado. Yo no pensaba en Jerusalén”.

Como uno de los últimos supervivientes de su pelotón, Chetz se convirtió en un héroe accidental de la batalla que selló el destino de Jerusalén.

Cuando los paracaidistas ingresaron a la Ciudad Vieja, las defensas jordanas de Jerusalén oriental ya eran vulnerables, y por eso hubo pocos combates. “Entramos sin dar un solo disparo”, recuerda.

Los palestinos estaban tan confiados en su victoria que la derrota fue un duro golpe.

“Me acuerdo que mi hermana mayor me decía que había visto a un soldado israelí, y los vecinos la acusaban de estar mintiendo”, cuenta El Batsch. Los palestinos “habían escuchado al presidente egipcio Gamal Abdel Nasser preparándolos para una victoria”.

“No podían aceptar ser derrotados dos veces: la catástrofe de 1948 y otra vez en 1967”, añade.

Por otra parte, la certidumbre de la derrota era tan grande entre los israelíes que el triunfo militar causó una euforia nacional, excepto en muchos soldados.

“Fuimos a rezar al Muro de los Lamentos, pero en realidad me sentía muy mal”, admite hoy Chetz.

“La gente estaba impactada”, señala por su parte El Batsch. “Los israelíes estaban ebrios de victoria, exhibiendo sus tanques y aviones”.

Dos generaciones más tarde, niños y niñas israelíes de séptimo grado cantan un himno patriótico que glorifica la abnegación de Chetz y sus camaradas, mientras que el antiguo campo de batalla en la Colina de la Munición se convirtió en un santuario al que visitan escolares y reclutas.

Chetz detiene a un grupo de soldados y les pregunta: “¿Qué significa Jerusalén para ustedes?”, y estos responden al unísono: “¡Alabada seas, Jerusalén, capital de Israel por toda una eternidad! Te honramos nosotros, pueblo de Israel”.

“Ellos lucharán por Jerusalén”, concluye Chetz.

Esperanza de paz

Chetz y El Batsch tienen vidas y expectativas diferentes, pero con algunos puntos en común.

“Los judíos pueden celebrar sus tradiciones, pero nosotros, cristianos y musulmanes, tenemos que pedir permiso para ir a nuestros lugares de oración”, lamenta El Batsch. “Esa es la lógica de la ocupación”.[related_articles]

Ni Chetz ni El Batsch son religiosos practicantes, pero probablemente coincidan en que el conflicto palestino-israelí por Jerusalén es esencialmente nacionalista. Ambos desean que la llamada solución de los dos estados ponga fin al conflicto. Los dos quieren la paz.

Sin embargo, las diferencias no desaparecen. Chetz subraya que hay “3.000 años de historia” conectados al Muro de los Lamentos, mientras que El Batsch tiene otra visión.

“A mí no me importa la historia ni la mitología. No es un asunto de quién vivió aquí primero, sino de si puedo vivir con mis derechos en mi propio estado soberano”, señala ella.

“Hoy Jerusalén está unida y anexada, y esa es una realidad”, afirma Chetz, mientras El Batsch sostiene: “Los israelíes deben aprender de la historia. Ningún poder que domine a otro dura para siempre”.

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