La elusiva «nación» y el «problema» catalán

La polémica levantada por el proyecto sin precedentes de proponer un referéndum para la independencia de Cataluña oculta un aspecto fundamental.

No se sabe con rigurosidad cómo se aplica el vago y complejo concepto de nación al caso de España y cómo se interpreta el tejido de las regiones y las "nacionalidades". La rotunda declaración del Tribunal Constitucional en 2010, al rechazar la reforma del Estatuto de Autonomía catalana de 1979, y la propia Constitución española proporcionan un atisbo de cuál es la ideología oficial.

En el territorio español solamente puede haber una "nación", ya que las demás entidades son calificadas de "regiones" o "nacionalidades".

Debido al origen meramente dinástico de la forja lenta pero tenaz de un Estado unitario, nunca se consiguió distinguir –ante las alternativas desarrolladas en el siglo XIX– cuál fue el modelo adoptado por la llamada "nación española", protagonista del ejercicio de la soberanía.

La España en ciernes en el siglo XV ya había mostrado un intento de definición cultural (en contraste con el modelo cívico al modo francés o estadounidense), pero el origen diverso de los españoles no lo hizo viable y en gran parte innecesario.

La expulsión de los judíos y los musulmanes resolvió el “problema”, pero sin ser capaz de consolidar un modelo cultural, al modo de la evolución alemana.

A los españoles, por otra parte, nunca se les pidió su adhesión a una empresa nacional cívica, de pertenencia voluntaria. Su lealtad se dio por descontada hacia otra entidad más vaga todavía: la Patria.

No es casualidad que el propio nombre de Castilla, el estado que capturó el poder global en lo que sería luego España, procediera de castillo, como identificación del lugar original.

El nombre de Castilla deriva del término latino castellum, diminutivo de castrum, castro, o poblado. Se pertenecía al poder ejercido por el rey en el castillo por ubicación geográfica.

En sentido figurado, la condición de súbdito se definía por la localización del individuo en el castillo, ampliado al territorio dominado por este ente físico.

Con el desarrollo de las ciudades germinó la condición de ciudadano, semilla del protagonista de la nación cívica. Pero el poder en España no consiguió ni consolidar una consistencia étnica ni le interesó que surgiera la condicional lealtad de la nacionalidad cívica. No se supo nunca quién era español, más allá del registro civil.

Así surgió la ocurrencia atribuida a Antonio Cánovas del Castillo al estar discutiendo infructuosamente la definición constitucional de la condición de español: "Son españoles los que no pueden ser otra cosa". De ahí que perspicaces nacionalistas respondieran que su condición sería precisamente ser “otra cosa”.

Un intento de definición de quién es catalán, y por lo tanto, quién pertenece a una nación catalana, de corte cívico, es el que dio el presidente de esa comunidad autónoma Jordi Pujol en pleno apogeo de su poder: “Son catalanes los que viven y trabajan en Catalunya”.

La ocurrente definición respondía a dos necesidades: nutrirse del voto de la inmigración y seguir contribuyendo a la supervivencia de la misma Cataluña, necesitada de un aumento de su natalidad.

Ante ciertas críticas, tanto de los que confunden ese criterio cívico (que era el intento de Pujol) con el meramente administrativo de ciudadanía, de disfrute de unos derechos civiles, la definición-concepto se amplió a los que se quieran adherir a esa idea de Cataluña, donde sea que hayan nacido o residan.

Por aplicación correcta de esta interpretación cívica se tiene que aceptar también la opción de los que, a pesar de residir en Cataluña, y por lo tanto de disfrutar de sus derechos civiles, no se consideran pertenecientes a una “nación catalana”.

De ahí que un práctico entendimiento de esos conceptos sería que es ciudadano de Cataluña el español –o el ciudadano de otro país de la Unión Europea– que vive y trabaja en Cataluña -o no-, y que por lo tanto ejerce los derechos que se derivan de esta condición.

“Catalán”, en contraste es, simple y sencillamente, quien se siente catalán. O sea, quien quiera serlo. Esto aclara la condición de millones de residentes en Estados Unidos, impecables ciudadanos de una nación cívica, pero que simultáneamente no dejan de seguir perteneciendo a una nación cultural original.

Ese es el sentimiento e interpretación, por ejemplo, de una mayoría de puertorriqueños para los que su nación (cultural) es Puerto Rico, pero su nación de elección (cívica) es Estados Unidos.

Cuando un número notable de catalanes (que viven y trabajan en Cataluña) dicen sentirse por igual catalanes y españoles, pueden expresar una combinación de inclinaciones de pertenecer simultáneamente a dos naciones catalanas (una cultural y otra cívica) y a una española (pero de énfasis más administrativo).

Lo que la visión centralista no puede aceptar es la pertenencia dual. Se aduce que uno no puede tener dos madres, o dos esposas, a no ser que se quiera caer en la bigamia. No se admite, desde luego, el paralelismo entre la coexistencia de una esposa y una amante. (FIN/COPYRIGHT IPS)

* Joaquín Roy es catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).

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