CUBA: ¿TIEMPO DE CAMINAR?

Hace un año y medio, cuando el demócrata Barack Obama llegó a la presidencia de los Estados Unidos, ya el gobierno cubano estaba encabezado por el general Raúl Castro. A uno y otro lado del Estrecho de la Florida parecieron levantarse aires de renovación, doméstica e internacional, pues ambos mandatarios, en sus estilos y políticas, hablaban de la necesidad de cambios. Uno de los movimientos sobre el que se especulaba por ese entonces era una presunta modificación del viejo diferendo político entre ambos países. Los más optimistas hablaban incluso de una posible flexibilización del embargo/bloqueo y hasta de una gradual supresión del mismo, habida cuenta su histórica inoperancia (derrocar el sistema cubano) y su repudio internacional, manifestado cada año en las Naciones Unidas. Más aún: el nuevo presidente cubano ofrecía su voluntad de sostener un diálogo sobre cualquier tema, solo condicionado por el respeto a la independencia y la soberanía de la isla.

Los dieciséis meses transcurridos desde el ascenso de Obama han sido arduos para el presidente norteamericano, enfrascado en temas tan raigales como la crisis económica y financiera, su intento de modificar el sistema de salud norteamericano, y los graves problemas políticos y militares en focos explosivos como Afganistán, Irán e Iraq. Aun así Cuba ha tenido un espacio en su agenda, y a lo largo de este período se ha vivido una benéfica disminución de tensiones, se han derogado las medidas más drásticas de la administración Bush respecto a las visitas familiares de los exiliados cubanos y el envío de remesas, o a los viajes de académicos y artistas de la isla a los Estados Unidos: las cosas volvían, más o menos, al nivel que existía durante los años del presidente Clinton. Y allí se detuvieron.

En Cuba, mientras tanto, se han producido movimientos internos que, sin llegar a la profundidad esperada (y que se necesita, sobre todo en los sectores de la economía y las finanzas, en francas crisis), han alterado ciertas esferas de la vida del país: desde cuantiosos cambios de figuras en las estructuras de poder hasta la reducción de gratuidades sociales o la eliminación de disposiciones que impedían a los cubanos, por ejemplo, tener una línea de telefonía celular o alojarse en un hotel de playa, solo por ser cubanos.

La más reciente y significativa variación en la política oficial ha sido, sin embargo, el inicio de un diálogo entre la Iglesia católica cubana y el gobierno para tratar (hasta donde se sabe) asuntos tan sensibles como la suspensión de los actos de hostigamiento a las llamadas Damas de Blanco y el estatus y condiciones físicas de los presos políticos (no reconocidos como tales por el gobierno), terreno donde se han dado unos lentos pero importantes primeros pasos.

La muerte de un preso que se declaró en huelga de hambre y la insistencia de otro opositor en una protesta similar (que ya casi alcanza los cuatro meses y cada día hace pensar en un lamentable y catastrófico desenlace) han agregado unos grados más de temperatura al contexto político cubano, sobre todo de cara a la opinión internacional, pues su trascendencia doméstica ha sido mediatizada con la escasez de información.

Por otra parte, la compleja situación económica de la isla es visible en las carencias que se sufren en la vida cotidiana (muy ostensible en la incapacidad del salario estatal para el sostenimiento de la familia), en las dificultades del Estado para resolver problemas tan ingentes como a falta de viviendas, la imposibilidad gubernamental de saldar deudas contraídas con suministradores extranjeros de mercancías o desastres como el de la última zafra azucarera. A esos problemas económicos se deben sumar los fenómenos de corrupción cuyas dimensiones se desconocen, pues se mantienen en el nivel del rumor, y que, en un gran conjunto, crean un álgido panorama del que no parece posible salir solo con decisiones de tipo político.

La flexibilización de posiciones del gobierno cubano (¿alguien habría imaginado, hace unos meses, que se permitirían marchas como las de las Damas de Blanco o que se empeñarían en preservar la vida de un opositor en huelga de hambre?) y la entrada en el juego político de la Iglesia católica, crean un nuevo contexto para la eventual apertura del siempre pospuesto diálogo entre La Habana y Washington.

Por tanto, no sería arriesgado considerar como otro paso hacia delante la reciente visita a los Estados Unidos del cardenal cubano, Jaime Ortega, quien, según la reseña del Wall Street Journal, fue mantenida en “bajo perfil”, a pesar de que –siempre según el diario neoyorquino- existieron rumores de que había sostenido varias entrevistas en la capital norteamericana, una de ellas con el Secretario adjunto para asuntos del Hemisferio Occidental, Arturo Valenzuela. Y aunque no ha trascendido la confirmación del encuentro, tampoco parece haber sido desmentido.

Paralelamente, el expresidente Jimmy Carter reclamó otra vez a Obama que reconsidera el tema del embargo e iniciara su levantamiento mientras un grupo de 74 opositores cubanos pidieron al mandatario norteamericano que permitiera a sus ciudadanos viajar libremente a Cuba, sostenido su pedido en la idea de que un arribo masivo de norteamericanos a la isla provocaría una desestabilización interna. En ese contexto se dio otro paso de avance cuando el Comité de Agricultura de la cámara norteamericana aprobó un proyecto de ley que, de ser aprobado por las instancias pertinentes, permitiría viajar a los estadounidenses a la isla y levantar las restricciones a las exportaciones agrícolas.

Dentro de Cuba, mientras tanto, cada vez son más las voces de personas cercanas a la política de gobierno que alientan la apertura de diálogos, se alzan contra la disposición que impide a los cubanos viajar sin permiso oficial o claman por una profundización de los cambios económicos, incluso con la introducción de otras formas de producción y propiedad no regidas por el Estado central, entre otros reclamos.

Visto el panorama y asumidas las tensiones que lo alimentan, pienso que si en realidad existieran voluntad y realismo políticos (de una y otra parte), quizás éste sería el momento de dar terceros y cuartos pasos, cuando menos para un mejoramiento de una relación política que se ha enquistado como un trauma. Por supuesto que no será fácil mover ese barco, donde hay tantos intereses (políticos y económicos), resentimientos, pretextos y heridas. Pero –como alguien ya lo previó-, si no es ahora, ¿sería en un posible futuro próximo si en lugar de Obama estuviera un nuevo Bush en la Casa Blanca? (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Padura, escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a más de quince idiomas y su más reciente obra, El hombre que amaba a los perros, tiene como personajes centrales a León Trotski y su asesino, Ramón Mercader.

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