BARCELONA: ESE OTRO 11 DE SEPTIEMBRE

Tal día como hoy, en 1714, las tropas borbónicas entraban a sangre y fuego en la ciudad de Barcelona, terminaban con la resistencia de los que habían apostado por la candidatura carlista al trono, ejecutaban a los cabecillas, exponían sus cabezas empaladas y sepultaban en fosas comunes los cadáveres de los “mártires”. Al lado de la “catedral del Mar”, según la etiqueta empleada por un ‘bestseller” de alcance galáctico, se puede leer la reserva: “aquí no se entierra a traidores”.

La gesta se convirtió en parte integral de la mitificación nacional de la nacionalidad catalana. Fue uno más de los errores en los que Catalunya se alió o apoyó los bandos que serían perdedores en la historia de España. El más reciente fue mantenerse fiel a la Segunda República española (1931-1936) cuando el golpe del general Francisco Franco dio la señal de salida de la Guerra Civil (1936-1939), con un saldo de un millón de muertos, exiliados, transterrados y presos.

La lengua catalana fue represaliada, los símbolos nacionalistas fueron prohibidos y la cultura catalana fue reducida a unas muestras folclóricas. Lejos quedaban los tímidos experimentos de autonomismo bajo las formas de la Mancomunidad de las primeras décadas del siglo XX o el más agresivo autonomismo de los treinta, incluido un conato de independencia, sofocado por la misma República democrática. Tras la guerra, una entera generación creció analfabeta en catalán, atrapada entre el nacionalismo tenaz del franquismo, ambivalente en sus débiles señas de identidad. Una nueva oleada de inmigración procedente del resto de España contribuyó a lo que se consideró como la españolización definitiva del territorio.

Pero con el renacimiento de la democracia en 1976 se produjo la salida del nacionalismo de las catacumbas. Catalunya se puso al frente de un proceso constitucional que convirtió a España en un híbrido entre estado federal y autonomismo audaz, pero conservando las esencias intocables de la unidad “nacional”. El milagro del renacimiento catalán se debió en parte a la conservación de la lengua propia por las clases medias y obreras de Barcelona, y la adaptación linguística de los hijos de los inmigrantes. El sistema educativo público fue drásticamente reformado con un curriculum mayoritariamente impartido en catalán, mientras el español ha quedo reducido a una asignatura.

Ahora bien, la lengua española sigue siendo la masivamente disponible en la prensa, radio, televisión y cinema. El 55% de los catalanes tiene el español como lengua inicial de conversaciones, mientras solamente el 32% lo hace en catalán. Como lengua de uso habitual el español lo emplea el 46%, mientras solamente el 36% es fiel al catalán. Nada de eso es muestra de retroceso del catalán. En Catalunya se produce hoy un fenómeno curioso: se habla más en catalán con los hijos que con los padres o los abuelos, al revés de lo que sucede en algunos países con lenguas en camino de la extinción.

En este escenario, hace tres años se aprobó un nuevo estatuto de autonomía. Contiene dos ingredientes que son causa de debate constitucional. En primer lugar, se declara a Catalunya como “nación”, en contraste con el término de “nacionalidad” concedido por la Constitución de 1978. Este “upgrade” no es tolerado por los sectores nacionalistas españoles. Además, se reitera que la lengua “propia” de Catalunya es el catalán. “de uso preferente de las administraciones” (hoy solamente uno de cada cuatro juicios se celebran en catalán). El catalán se declara, por tanto, “oficial”, igual que el castellano, y se reconoce que “las personas tienen el derecho a utilizar las dos lenguas”. Pero se añade que los ciudadanos de Cataluña [los residentes] tienen “el deber de conocerlas”.

La mención de ”nación” y la obligatoriedad de conocer el catalán tiene en vilo al Tribunal Constitucional que deberá en breve expresarse, con el resultado de una derrota intolerable del nacionalismo catalán o una humillación para el españolista. Con esta expectativa conmemora Catalunya el 11 de Setiembre, día nacional. Mantengámonos en sintonía porque cualquiera que sea el resultado tendrá un impacto notable en el tejido del resto de España (o del ‘estado español’ según la peculiar terminología nacionalista). (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).

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