ROMA ETERNA: MÁRMOL Y BASALTO

No hay lugar en la capital italiana que transpire mejor la esencia de la civilización romana que la antigua Vía Appia. Más que la tradicional escala y fotos de costumbre en el Coliseo (el resto más impresionante y emblemático del poder y la ingeniosidad del imperio), un paseo delicioso sobre las piedras milenarias traslada al viajero al símbolo más genuino de Roma. Es también la clave del éxito sin competencia del primer gran invento de gobernación que haya visto la historia. No es casualidad que todos los caminos llevaran a Roma.

Roma no llegó a dominar medio mundo de entonces y sublimar la globalización de la época durante seis largas centurias, y sigue haciendo notar su huella dos mil años después, a fuerza del poderío de su especial “destino manifiesto”. Roma fue la Vía Appia, el ejemplo todavía más evidente del genio organizativo de la obra comenzada por Romulo y Remo, gracias a la supuesta cooperación de una loba que los amamantó no lejos de allí.

A la vera del camino todavía se levantan tumbas y pequeños mausoleos de familias patricias. Es una pequeña fracción de la primera “autopista” del imperio que llevaba primero a Brindisi, y luego se expandió por todos los rincones del Mediterráneo, media Europa, el norte de Africa y el actual Oriente Medio. En ese pasaje inicial, según la tradición, San Pedro le preguntó: “Quo Vadis, Domine”. La respuesta le obligó al regreso, el arresto, el suplicio y la muerte.

Casi dos mil años después, Deborah Kerr era rescatada por un ex boxeador llamado Baer de ser corneada por un toro en un circo, que debiera ser el Maximo. Robert Taylor se ganaba luego la copa del mundo de entonces en una carrera de cuádrigas magistral. Nerón y su familia observaban son sorpresa las hazañas de los nuevos cristianos. Una placa y una capilla recuerdan respetuosas el mito y la realidad. Para los cristianos, sin embargo, no fue éste un happy end. Para sobrevivir, debieron refugiarse en las catacumbas, como las de San Callisto y San Sebastiano, desde donde tenazmente comenzaron a capturar el imperio.

Aquí se deja lejos el bullicio de cualquier calle de la urbe barroca o del interior de los templos donde resuenan las explicaciones multilingües de los guías impertérritos ante tumbas y reliquias. La visita al más genuino de los caminos que llevaban a Roma vale la pena del viaje para dejarse llevar por la senda perfectamente marcada por las losas de basalto volcánico, negras y pulidas, procedentes de las colinas de Alban.

Un par de kilómetros de la senda parecen seguir igual conservados que cuando los surcaban los carruajes o eran pisoteados por los cascos de la caballería imperial. Bajo un silencio respetuoso, solamente violado por el ruido de alguna bicicleta que prudentemente circula por los senderos laterales, los cipreses y los pinos en distintiva forma de sombrilla invitan a imaginar la actuación de una invisible orquesta sinfónica. Ejecuta “I Pini di Roma” de Ottorino Respighi, mientras se oye el rastrear de las sandalias de los legionarios sobre los adoquines.

Pero esta paz escapatoria no permite al viajero prescindir de las realidades de la Roma actual y la Italia que desde allí se gobierna, o se deja de hacerlo (según algunos). El expolio del mármol de Tívoli y otras canteras en la vecindad de la residencia de Adriano se nota en la implacable presencia del ladrillo que parece cubrir todas las ruinas de Roma. Este deterioro se antoja paralelo a la peculiar administración que los italianos han sufrido desde la unificación, o quizá desde precisamente la desaparición de los césares. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu). El autor de las fotos es Lucas Cabrerizo.

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