BRASIL: Mucho sudor y poca tierra prometida

Miles de ropas lavadas y tendidas en el alambre de las cercas y en las cuerdas que sostienen las enormes tiendas de campaña, en medio del polvo que vuelve a ensuciarlas antes de ser usadas, reflejan una de las faenas del día de descanso de la Marcha Nacional por la Reforma Agraria, rumbo a Brasilia.

La marcha se interrumpió en su undécimo día, el jueves. El propósito fue reposar 48 horas, reorganizar las huestes con miras al último tramo hasta la capital, y efectuar reuniones "de formación", en las que los campesinos discuten temas como el rechazo al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), el imperialismo y la política económica brasileña.

Decenas de tiendas de campaña de variados tamaños y colores, instaladas a la vera de la carretera en un sitio conocido como Siete Curvas, a 55 kilómetros de Brasilia, conforman el techo en que se guarecen los casi 12.000 caminantes del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y de otras organizaciones campesinas.

Al menos una docena son tiendas enormes, cubiertas de plástico blanco, negro o azul, con capacidad para tender centenares de colchones, pegados unos a otros. Hay también pequeñas, para las parejas que quieren un mínimo de privacidad.

Armar y desarmar cada día el gran campamento itinerante, en el camino desde el 2 de mayo, es tarea del Equipo de Infraestructura, de unos 350 hombres que disponen de pocas horas en las mañanas para recoger las tiendas, cargarlas con el resto de equipajes en camiones, y rearmar todo, 15 kilómetros más adelante. Las instalaciones deben estar listas cuando llegan los caminantes.

Los dos días de descanso de la marcha de 200 kilómetros tuvieron lugar cerca de riachuelos, para que la gente pudiera lavar su ropa y procurar su higiene personal. Muchos lo hacen con agua de los diez camiones-tanque que abastecen de agua potable, y se bañan con cubos, detrás de plásticos negros, a cielo abierto.

"Es como el trabajo pesado de la labranza, con el que estamos acostumbrados”, dijo a IPS Tereza Ribeiro Pocaia, de 48 años, y madre de 11 hijos, seis de los cuales la acompañan en la marcha.

Vienen de un campamento del MST en el que conviven hace tres meses con 300 familias en Sud Menucci, pequeño municipio del interior del meridional estado de Sao Paulo.

Ella y su familia ya vivieron cuatro años en otro campamento, y está "en la lucha” hace más de una década, "esperando conseguir un pedacito de tierra para sembrar maíz, algodón, arroz", relata a IPS.

Lavar ropa en condiciones precarias no es la mayor dificultad, según Ribeiro y otros caminantes, sino las demoras de las comidas. A veces se almuerza a las 15 horas, y "una vez, la cena llegó a las 23 horas”, dijo Cristiane de Abreu, de 19 años, mientras lavaba su ropa.

Alimentar a esas 12.000 bocas es tarea de un equipo de 420 personas. Arroz, frijoles, carne seca y otros productos son traídos por las delegaciones del MST desde los estados donde actúa el movimiento, 23 de los 27 del país.

Dos enormes cocinas fueron instaladas a lo largo del camino, y todos los alimentos tienen que ser transportados, en algunos casos, más de 50 kilómetros.

De Abreu es hija de un campesino asentado en Sergipe, un estado del lejano nordeste de Brasil. Viajó dos días en autobús hasta Goiania, capital del centro-occidental estado de Goiás para participar en la marcha, "porque tenía deseos, y la reforma agraria será buena para todos", sostuvo.

Todo este esfuerzo culminará el martes 17 en Brasilia, con manifestaciones frente a las sedes del Banco Central, del Ministerio de Agricultura y de la embajada de Estados Unidos. Además, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva concederá una audiencia a una comisión de los "sin tierra".

Los peregrinos protestarán contra la política económica, "que vuelve inviable la reforma agraria", la prioridad concedida por el gobierno al agronegocio exportador en desmedro de la agricultura familiar, y contra "el imperio” estadounidense, explicó Gilmar Mauro, uno de los coordinadores nacionales del MST, a un grupo de periodistas brasileños y extranjeros que visitaban la marcha en Siete Curvas.

Que el gobierno cumpla la promesa de Lula, de asentar a 430.000 familias sin tierra hasta fines de 2006, es el primer reclamo del MST y de otros grupos que promueven la marcha, como el Movimiento de Mujeres en el Campo y el Movimiento de los Afectados por Represas, que reúne a familias desplazadas por la instalación de embalses hidroeléctricos.

En 2004, el gobierno dijo haber asentado a 81.184 familias, muy por debajo de la meta de 115.000. Además, la cifra es engañosa porque más de dos tercios fueron reemplazos de familias de asentamientos antiguos que habían desistido de ocupar los predios, según el MST.

Este año el presupuesto para asentamientos fue recortado drásticamente y la meta será nuevamente incumplida, advierte el movimiento.

Otros 15 puntos integran el manifiesto de la manifestación, entre ellos el reclamo de más créditos para los campesinos asentados, la demarcación de todas las áreas indígenas del país, cambios en la política económica, rechazo al ALCA y una ley que habilite la realización de plebiscitos por iniciativa popular.

Además, una comisión del movimiento negocia con más de 20 ministerios y organismos estatales proyectos específicos, como la enseñanza. El MST, cuyo programa escolar comprende a 160.000 alumnos y 3.900 maestros en 1.800 escuelas, defiende una "educación del campo”, adecuada al medio rural, y no "en el campo”, explicó otra coordinadora nacional, Itelvina Masioli.

El gobierno ya se comprometió a implantar 500 nuevas escuelas rurales en asentamientos agrarios, áreas indígenas y "quilombos", las comunidades tradicionales de campesinos afrodescendientes, informó Mauro.

Las mujeres del movimiento reclaman además la expansión de la educación preescolar en el campo y la inclusión de los nombres de las esposas en el catastro de familias inscriptas para la asignación de tierras.

Hasta ahora, las mujeres suman solo 12 por ciento de las personas incluidas en la reforma agraria, se quejó Masioli.

En la Marcha participan unas 130 niñas y niños, algunos de pocos años, que reciben cuidados en la Ciranda Infantil, una suerte de jardín de infantes del movimiento, y en la Escuela Itinerante, donde maestros imparten clases para suplir la falta a clases en estos días.

Milton Silva, de 16 años, es uno de los estudiantes que busca concluir la enseñanza primaria. Procedente del meridional estado de Paraná, en que su familia acampa a la espera de tierra hace dos años y medio, afirma estar "aprendiendo mucho" en la marcha.

Silva pretende estudiar sólo hasta la secundaria y luego dedicarse a la agricultura, ante la perspectiva de asentamiento de su familia. Lava sus propias ropas y no se queja de "ninguna dificultad", pese al clima de Brasilia, tan distinto al de Paraná. "Acá hace más calor y es seco", dijo.

Joao Martiniano de Aquino, de 45 años, tampoco se queja de las incomodidades de la marcha. "Este sufrimiento no es nada comparado con dos años en un campamento, bajo la lona", pasando hambre y sujetándose a duros trabajos ocasionales, por los que cobra solo 20 reales (ocho dólares) por día, comparó.

De Aquino "lucha por la tierra", viviendo en campamentos, desde 1998, cuando dejó de labrar tierras arrendadas, y escasearon las oportunidades de trabajo en la agricultura.

Estuvo primero en el céntrico estado de Minas Gerais, y dos años atrás llegó a Isla Solteira, en Sao Paulo, con otras 220 familias. Allí espera "por lo menos la canasta básica" de alimentos, que distribuye el gobierno en los campamentos de los sin tierra.

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