GLOBALIZACION: Hay trabajo, pero no para usted

El mercado laboral de Argentina muestra dificultades para cubrir una creciente demanda de mano de obra calificada que ofrece puestos estables y protección social. Y, al mismo tiempo, millones de personas no pueden salir de la categoría de trabajador ”intermitente” o aun ”inempleable”.

”En el mercado laboral es como si hubiera dos países”, dice a IPS el economista Ernesto Kritz, especializado en economía laboral. En el núcleo central, las empresas reclaman trabajadores calificados para empleos estables, protegidos y bien pagos. En ese mundo la tasa de desempleo es baja, asegura.

En cambio en la ”periferia” del mercado de trabajo, millones de personas solo pueden aspirar a empleos precarios, sin estabilidad ni protección social, con oportunidades de empleo intermitentes o que nunca llegan. En esa franja el desempleo es tres veces mayor que en la primera, añadió el experto.

”Aun cuando el crecimiento económico se mantenga a mediano plazo, este segundo sector no va a poder aprovechar esas oportunidades, y si lo hace, será en trabajos de baja calidad”, aseguró Kritz, director de la Sociedad de Estudios Laborales y consultor de distintas agencias del sistema de la ONU.

MALDITA GLOBALIZACIÓN

Este parece ser, en grados diversos según el desarrollo de los países, el síntoma más preocupante de la actual globalización económica.

Según el informe de la Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización, creada a instancias de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el reclamo de ”trabajo decente” es primordial en todos los países, y más aun en América Latina donde el desempleo creció de 6,9 a 9,9 por ciento entre 1990 y 2002.

La comisión, integrada por un grupo de personalidades de la política, las empresas y la sociedad civil global, presentó en febrero el documento ”Por una globalización justa: crear oportunidades para todos”.

”Para muchos, la globalización no está cumpliendo sus promesas de creación de empleo decente”, señala el informe. ”Algunos grupos de trabajadores se han visto perjudicados por la liberalización del comercio (…) y esto ha afectado en primer lugar a los trabajadores no calificados”, añade.

En Argentina el desempleo es de 14,5 por ciento, y el subempleo de 17,6 por ciento de la población económicamente activa. Estos datos representan un progreso respecto de 2002, atribuido al fin de la recesión. En 2003, el producto interno bruto (PIB) creció 8,7 por ciento.

En los últimos meses, empresas del sector textil, del calzado, del plástico, la construcción o metalúrgicas han asegurado que no encuentran personal capacitado para cubrir nuevos puestos vacantes. Este fenómeno de ”demanda insatisfecha” convive con ”un fenomenal excedente de mano de obra”, aseguró Kritz.

Si al calcular la tasa de ocupación no se computaran los jefes y jefas de hogar desocupados que reciben subsidios, y que el gobierno considera en situación de empleo, la desocupación subiría de 14,5 a 21,4 por ciento.

Además, la contratación ilegal, sin los correspondientes beneficios sociales, alcanza a más 60 por ciento de los asalariados.

El gobierno confía en que el crecimiento terminará con el desempleo. Pero expertos y activistas sociales creen que el problema es más complejo, pues difícilmente la economía pueda absorber a millones que quedaron en las orillas o fuera del mercado de trabajo.

LEGADO DE LOS AÑOS 90

El deterioro del mercado laboral comenzó en los años 90 con la apertura económica recomendada por agencias multilaterales de crédito.

El país vendió o cedió a manos privadas la mayoría de empresas, recursos y servicios administrados por el Estado, bajo un programa de privatizaciones destinado a reducir el peso de la deuda externa.

Sin embargo, ésta creció hasta llegar hoy a más de 140.000 millones de dólares. Además, los ingresos por privatizaciones y el flujo de inversiones extranjeras no se destinaron a ensanchar o reforzar la base productiva del país, sino que se dio prioridad al sector financiero y especulativo.

Esto fue provocando una paulatina contracción industrial y agrícola, agravada por la apertura a importaciones más competitivas.

Fue cuando ”estalló el desempleo y los grandes perdedores fueron los más precarios, o empleados en pequeñas empresas que no resistieron la competencia con los productos importados”, recordó Kritz.

A fines de 2001, cuando la economía colapsó y se devaluó la moneda, se profundizó el alcance de la indigencia: ingresos que no alcanzan a cubrir una canasta básica de alimentos. Los indigentes, que constituían seis por ciento de la población en los años 90 pasaron a 25 por ciento.

Y este año ese sector se redujo sólo a 20,5 por ciento de los 37 millones de habitantes.

INVISIBLES, MARGINADOS, INEMPLEABLES

Se trata de millones de personas que arrastraban problemas de falta de trabajo o de ocupación precaria y que, rápidamente, pasaron a sufrir desempleo crónico. Son aquellos trabajadores que sólo consiguen emplearse unas horas al mes sin ningún derecho laboral.

”Muchos son jóvenes con el mismo perfil educativo que sus padres, y entonces la pobreza extrema se reproduce”, señaló Kritz.

Las calles y autopistas de Buenos Aires y otras ciudades son el escenario cotidiano de estos ”inempleables”: miles que deambulan hurgando depósitos de basura o recogiendo cartones para vender.

Otros, organizados en grupos de desempleados, bloquean carreteras y avenidas en reclamo de trabajo y más asistencia del Estado.

Desde 2002, el Estado destina uno por ciento del PIB a un plan de subsidios mensuales para jefes y jefas de hogar sin empleo. Pero Kritz considera que debería invertirse otro punto adicional en educación y capacitación para los hijos de los desempleados que abandonan los estudios.

De 2,3 millones de personas que reciben el subsidio (que no llega a 40 dólares), 60 por ciento sólo cursó educación primaria y otro 20 por ciento algún año de secundaria.

El diploma de educación media es el umbral mínimo para aspirar a un empleo no calificado, pero con protección social y estabilidad, como el que ofrecen las cadenas de supermercados para reponer productos en las estanterías.

Sesenta y siete por ciento de los argentinos mayores de 15 años abandonó la enseñanza antes de alcanzar ese umbral, según el Ministerio de Educación.

”Uno ve a jóvenes que no trabajan ni estudian, y para ellos sólo existe el hoy, lo que puedan hacer para sobrevivir este día”, dijo a IPS el profesor de matemática Pablo Moseinco, quien trabajó hasta meses atrás en un centro educativo de un barrio muy pobre de Talar de Pacheco, a 20 kilómetros del centro de Buenos Aires.

Muchos son adolescentes sin capacidad para relacionar lo que les ocurrió el día anterior con lo que les sucede en el presente, dice.

”Se les presentan oportunidades de algún empleo como ayudante de jardinero o para reparto, o en limpieza, pero ni siquiera acuden porque no ven que eso se vaya a sostener en el tiempo”, explica Moseinco.

”No hay herramientas conocidas” para llegar a este sector de personas ”inempleables”, sin estudios ni experiencia laboral, hijas e hijos de padres desempleados o con trabajos precarios, y que perdieron hasta la expectativa de encontrar empleo y proyectar un futuro mejor, sostiene Kritz.

Las propuestas gubernamentales para combatir el trabajo ilegal o precario no apuntan a este sector, casi ausente del mundo del trabajo. Los inspectores laborales no se dedican a buscar a los trabajadores intermitentes, ni a los ”inempleables”. Tampoco hay empleadores abusivos a quienes multar.

Y ”la política económica, en el mejor de los casos, puede beneficiar a este sector marginado a través del derrame del crecimiento o por transferencias directas de subsidios”, apuntó Kritz.

Pero, tarde o temprano, ”habrá que pensar en invertir en educación y capacitación para devolverlos al sistema”, finalizó el experto.

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