PERIODISMO-CUBA: En la cuerda floja

Romper el muro de silencio que rodea determinados acontecimientos y conseguir la fuente que confirme una información ya conocida por todos puede ser el mayor reto profesional para un corresponsal extranjero en Cuba.

El corresponsal debe llegar a esta isla, de régimen socialista y unipartidista, dispuesto a dejar a un lado lo aprendido en el ejercicio de la profesión en otros lugares del mundo y adaptarse a las nuevas reglas.

”Conocer Cuba no es fácil y entenderla menos”, dicen los cubanos. Precisamente conocer, entender y aprender a moverse son los principales desafíos de cualquier recién llegado. El o la reportera sabe que arriesga su puesto, pero no la vida.

El último caso de un periodista asesinado en este país data de 1958.

El ecuatoriano Carlos Bastidas fue asesinado en La Habana luego de pasar dos meses reportando para el periódico El Telégrafo de su país desde posiciones de la guerrilla que combatía contra la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1958).

Sin embargo, unos diez reporteros extranjeros debidamente acreditados han sido obligados a marcharse en los últimos 20 años por diversos motivos, no siempre vinculados a la profesión.

Entre ellos figuran los franceses Noel Lorthiois y Andre Birukoff, el español Santiago Aroca, el checo Michel Zermack y el húngaro Csaba Nagy, acusados de distorsionar la información sobre el país o transmitir una imagen o noticias falsas.

El último fue el ruso Konstantin Zhuravosky, corresponsal de la agencia ITAR-TASS, expulsado cinco años atrás acusado de implicarse en una red dedicada al juego ilegal conocido como ”la bolita”.

Otro fue el caso del argentino Fernando Ruiz Parra, quien a inicios de este año fue detenido y devuelto a su país por ejercer el periodismo sin contar con la correspondiente visa de ingreso ni haber intentado formalizar su acreditación ante las autoridades.

”Las leyes migratorias cubanas establecen que para hacer periodismo hay que solicitar la visa adecuada. Ruiz Parra no es para nosotros un periodista, es un violador de la ley”, dijo a IPS José Luis Ponce, director del Centro de Prensa Internacional (CPI).

Creado hace 24 años, el CPI es la dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores encargada de atender a la prensa extranjera. En la actualidad están acreditados en la isla 164 corresponsales de 122 medios de prensa de 40 países.

En 2002, el CPI recibió más de 1.100 enviados especiales de 52 países, y hasta mayo habían pasado por La Habana 650 periodistas con visa de tránsito de 41 naciones.

A pesar de la distancia política entre Cuba y Estados Unidos, éste es el país americano que muestra más similitudes con la isla respecto del tratamiento legal a la prensa extranjera.

Para hacer periodismo en el país norteamericano se necesita una visa especial, una carta del medio de comunicación que certifique el tiempo de estancia, y la constancia del salario y del seguro médico para demostrar que no se será una carga para el Estado.

En febrero, el periodista iraquí Mohammad Hassan Allawi, acreditado ante la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York, fue obligado a abandonar el país porque su presencia perjudicaba intereses de la seguridad nacional.

No hubo pruebas contra Allawi. Un mes después, Estados Unidos invadió Iraq.

Mientras a Brasil, Chile, Argentina o Venezuela un periodista extranjero puede ingresar como turista y escribir despachos o pasar un proceso de acreditación formal, Washington y La Habana tienen normas cuya violación puede costar la expulsión.

Pero las diferencias con Cuba, en todos los casos, pasan por el acceso a la información.

En esta isla caribeña no se permite la existencia de otra prensa que no sea estatal, con excepción de un número limitado de publicaciones católicas, como Vitral y Palabra Nueva.

No hay radioemisoras, periódicos ni canales de televisión con visiones diferentes que permitan completar o contraponer informaciones o puntos de vista de sectores diversos.

Periodistas cubanos independientes recibieron este año duras condenas en virtud de la ley 88, que sanciona con hasta 20 años de prisión a quien difunda información considerada útil a la política hostil de Estados Unidos hacia Cuba.

Pero esa ley no es aplicable a la prensa extranjera, aclaró Ponce.

Según un informe especial de la organización no gubernamental Reporteros Sin Fronteras (RSF), el gobierno de Fidel Castro tiene todo un arsenal para controlar ”la información con destino al extranjero”, y por ende a la prensa foránea acreditada.

La lista de instrumentos, elaborada tras entrevistar a una docena de ex corresponsales en la isla, incluye la restrictiva política de visados, los temas tabúes, la vigilancia policial constante, las presiones psicológicas y las expulsiones.

”Los micrófonos escondidos, los teléfonos intervenidos, el hombre atrás que nos vigila son sólo tema de charlas o de bromas”, aseguró el periodista Homero Campa en su artículo ”Prensa Extranjera en Cuba: las sutilezas del sistema”.

Campa, quien fue corresponsal en La Habana de la revista mexicana Proceso entre 1992 y 1999, considera ”obvio” que si un periodista tiene problemas legales en Cuba ”es sujeto de mayores presiones”.

Pero, añade, ”no hay -o no tengo conocimiento de ello- persecución y vigilancia personalizada. Creo que ninguno de los corresponsales acreditados sufrimos paranoia”.

La realidad es que, además de encargarse de los trámites legales de los corresponsales, el CPI sirve de intermediario entre los periodistas y las fuentes de información y se encarga de aplicar el reglamento vigente para la prensa extranjera.

Uno de los artículos más polémicos de ese reglamento aprobado en 1997, establece que el periodista acreditado deberá actuar con ”objetividad, ateniéndose a la rigurosidad de los hechos, en consonancia con los principios” de la profesión.

De no ser así, ”el CPI podría hacerle un llamado de atención o retirarle temporal o definitivamente la acreditación, en correspondencia con las circunstancias y las consecuencias de la falta cometida”, advierte.

Si bien este artículo no ha sido hasta ahora causa de expulsión de ningún corresponsal, sí lo ha sido de más de una reprimenda oficial. Sucede, de pronto, que las entrevistas solicitadas demoran más de lo normal o no se conceden nunca.

Al contrario de lo que podría pensarse, Ponce no considera motivo para estos ”llamados de atención” una entrevista o la difusión de una declaración de sectores de oposición al gobierno de Fidel Castro.

”Jamás se ha llamado a un periodista debidamente acreditado ante el CPI por entrevistar, ver, visitar o asistir a una conferencia de prensa de alguna de estas personas”, afirma el funcionario, periodista de profesión.

Para las autoridades, la amplia cobertura que la prensa extranjera presta a las actividades opositoras ha contribuido a dar protagonismo internacional a algunos de esos grupos ”auspiciados por Estados Unidos”.

Corresponsales extranjeros en La Habana reconocieron que muchas veces la ausencia de fuentes oficiales los obliga a buscar opiniones entre los disidentes, siempre dispuestos a responder a la prensa.

”Hay que invertir infinitamente más tiempo para obtener (de las fuentes) muchísimo menos que en cualquier país. Si comparas el tiempo invertido y el resultado, puede ser muy frustrante”, se quejó un periodista latinoamericano.

Al mismo tiempo, estar en La Habana es ”tocar la historia con las manos”, comentó a IPS otro corresponsal que llegó a Cuba a inicios de los años 90, esperando vivir en cualquier momento el derrumbe del socialismo y del presidente Fidel Castro.

Diez años después, el reportero sigue en la isla, listo para presenciar lo que considera será el ”gran viraje”. Aquí ”lo importante no es venir sino mantenerse, estar en el momento preciso. Para ello no importan los sacrificios”, opinó.

Los ”sacrificios” pueden ser compartir primicias con otros colegas, dejar de escribir de asuntos importantes por ausencia de fuentes, saber encontrar el equilibrio y buscar la manera exacta de decir lo que se quiere decir.

”En Cuba no hay temas tabúes. Eso de que no se puede hablar o escribir de una cosa u otra es algo del pasado, aunque sí funciona para la prensa nacional, que es considerada el arma ideológica del (gobernante) Partido” Comunista, añadió un reportero cubano.

”Lo que uno tiene que tener claro es que cuando se mete en temas peliagudos debe hacerlo bien, profesionalmente, teniendo todas las aristas y las fuentes. Si uno trabaja así, puede no gustar a determinado funcionario, pero de ahí no pasa”, afirmó.

En cualquier caso, solicitar una reacción o una entrevista, confirmar oficialmente una noticia o precisar un dato estadístico puede llevar horas o días de llamadas telefónicas, finalmente infructuosas.

A diferencia de lo que ocurre en otros países, en Cuba las fuentes nunca se acercan a la prensa, ni están dispuestas a dar información, aunque sólo se trate de divulgar sus opiniones o experiencias.

”Como periodista entiendo perfectamente bien esa situación y hemos estado tratando de mejorarla”, aseguró Ponce.

Sin embargo, alega, en muchas ocasiones las fuentes ”se han visto manipuladas por periodistas sin escrúpulos”, citas fuera de contexto, omisiones, cambios de palabras. ”Existe una guerra mediática” contra Cuba, remata el funcionario.

En su opinión, por esa ”campaña” muchas fuentes deciden no conceder entrevistas ni dar una opinión necesaria en cierto momento. ”Eso es dañino tanto para los profesionales como para el propio país”, señala.

Las autoridades se preocupan especialmente por la imagen internacional de la revolución cubana y más de una vez han responsabilizado a la prensa extranjera de manipular o tergiversar la realidad en sus despachos.

”No es fácil trabajar pensando que cada nota que haces es evaluada cuidadosamente por alguien del aparato ideológico. Por eso algunos corresponsales optan por evitar temas que puedan resultar molestos y hasta se autocensuran”, comentó otro periodista consultado.

*Con la colaboración de Gustavo González (Chile), Mario Osava (Brasil), Thalif Deen (Estados Unidos), Viviana Alonso (Argentina) y Humberto Márquez (Venezuela).

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