Unos 150.000 tamiles refugiados en el sur de India esperan que las conversaciones de paz en curso les permita volver a Sri Lanka, que abandonaron desde comienzos de los años 90 para escapar de la guerra civil.
Representantes del gobierno de Sri Lanka y de los insurgentes Tigres por la Liberación de la Patria Tamil discuten desde el lunes en Tailandia cómo poner fin a un conflicto que ha durado 19 años.
Los Tigres aspiran a establecer un estado independiente para la etnia tamil, que es casi un quinto de la población de 19 millones de Sri Lanka y se concentra en el este y el norte de la isla. Ochenta por ciento de la población de Sri Lanka es cingalesa.
Annammal, de 60 años, dejó en 1992 su hogar en Jaffna, al norte de Sri Lanka, y como muchos tamiles de su país cruzó los 100 kilómetros del Estrecho de Palk se dirigió al meridional estado indio de Tamil Nadu, donde habitan la mayoría de los 50 millones de tamiles indios.
Los campamentos para refugiados tamiles en Tamil Nadu son 129 y albergan a unas 70.000 personas. Otros 80.000 tamiles son reconocidos como refugiados pero residen con familiares indios.
Tenemos esperanzas por primera vez. Ambas partes (el gobierno de Sri Lanka y los Tigres) deben ceder algo y ganar algo. Sólo eso puede conducir a una paz duradera, dijo a IPS la mujer, que vive en el campamento Pazhavilai para refugiados tamiles.
India es segura para nosotros, pero sólo somos 'coolíes' (jornaleros que realizan tareas poco calificadas), comentó Mani, quien también vive en Pazhavilai, uno de los cuatro campamentos para refugiados tamiles establecidos desde 1990 en el distrito de Kanyakumari de Tamil Nadu, que albergan a unas 1.400 personas.
Hace 12 años había en Pazhavilai unas 80 familias, y algunas de ellas se arriesgaron a regresar a Sri Lanka en 1992 y 1995. En la actualidad, el campamento alberga a 65 familias.
Los hogares de muchos refugiados están en Mannar, Vavuniya o Trincomalee, lugares que se hicieron notorios por ser escenario de cruentos combates en la prolongada guerra civil de Sri Lanka.
Mercy, una tamil proveniente de Vavuniya, piensa que el diálogo en Tailandia será exitoso porque ambos bandos están cansados de la violencia y destrucción.
Los nacionalistas cingaleses están bajo fuerte presión para llegar a un acuerdo, opinó.
En mi país podría comprar un terreno, construir una casa o hacer lo que quiera, si hay paz a mi alrededor, dijo a IPS Jyothi, de 28 años, residente en el campamento de refugiados de Kottaran.
El gobierno de Tamil Nadu aporta a cada jefe de familia de refugiados un subsidio mensual de cinco dólares, más tres dólares por cada adulto adicional del nucleo familiar, y 1,5 dólares por cada niño menor de 13 años, además de suministrar arroz, agua potable y electricidad a los residentes en los campamentos.
Eso apenas cubre las necesidades de los tamiles, a quienes se permite realizar trabajos manuales en los campamentos y sus inmediaciones, pero la demanda de mano de obra en la región es escasa y esporádica.
La mayoría de los refugiados empleados como jornaleros en plantaciones de banano cerca de Pazhavilai se quejan de que no se les permite salir del campamento para trabajar cuando hay tensiones diplomáticas entre India y Sri Lanka, ni cada vez que la región es visitada por autoridades indias o extranjeras.
Tamiles que viven en los campamentos han tenido hijos en Tamil Nadu que hablan los dialectos locales y parecen bien adaptados a la vida que llevan. La mayoría de ellos ignoran todo acerca de Sri Lanka y de las causas del conflicto que llevó a sus padres a India.
Esos niños y niñas asisten a escuelas indias y es frecuente que se destaquen en sus estudios, en gran medida porque el nivel cultural de sus familias supera el promedio de la población rural autóctona, aunque las escuelas rurales de Kanyakumari son consideradas las mejores de India.
Nuevas familias de refugiados han llegado a Tamil Nadu cada vez que se intensificaron los combates entre los Tigres y el gobierno de Sri Lanka, y muchos pagaron a pescadores que los trasladaron en sus embarcaciones 250 dólares por persona, una suma similar a la que les habría costado viajar en avión.
Quienes arriban a las costas indias son trasladados por las autoridades a un centro de investigación en la pequeña isla rocosa de Mandapam, donde se les asigna un campamento, después de un trámite administrativo que puede durar más de un mes.
El gobierno considera necesario ese trámite para asegurarse de que los refugiados no tengan vínculos con los Tigres, involucrados en 1991 en el asesinato del entonces primer ministro indio Rajiv Gandhi, quien mediaba desde 1987 en el conflicto de Sri Lanka.
La última oleada de tamiles llegó tras el ataque de los Tigres contra el aeropuerto de Colombo, el 24 de julio del año pasado.
Algunos refugiados reciben remesas de parientes que residen en países industrializados, en especial en Canadá, Gran Bretaña y Francia. Numerosas cabinas telefónicas habilitadas para llamadas internacionales cerca de los campamentos son un síntoma de tales vínculos.
Pero la mayoría de los tamiles provenientes de Sri Lanka carecen de esos apoyos y viven en la pobreza, obligados a realizar duras tareas para sobrevivir. Muchos de ellos sufren además porque las autoridades decidieron separar familias en distintos campamentos, en nombre de razones administrativas.
En el campamento de Perumalpuram, uno de los cuatro de Kanyakumari, las condiciones de vida de los tamiles son muy penosas, hacinados en viviendas muy precarias que a menudo ni siquiera los protegen de la lluvia. (FIN/IPS/tra-eng/sp/rdr/js/pr ip/02


