Los cultivos transgénicos generaron un acalorado debate en los países industrializados sobre sus posibles riesgos para la salud y el ambiente, pero China abrazó la biotecnología sin objeciones y con grandes expectativas.
«Los cultivos transgénicos no son aterradores», tituló esta semana el Guangming Daily, un diario oficial que se dedica a cuestiones de ciencia, tecnología y educación.
El artículo consideró a los nuevos cultivos «milagrosos» como un atajo viable hacia la estabilidad alimentaria y la prosperidad nacional, en un país que debe alimentar a un quinto de la población mundial con un séptimo de la tierra arable.
La proclamación del periódico no tiene por finalidad recabar apoyo público, como podría parecer, sino demostrar la actitud positiva de los chinos hacia los cultivos transgénicos.
Más rápido que ningún otro país asiático, China se lanzó a la investigación y producción comercial de los cultivos modificados genéticamente.
La rapidez es impulsada por la necesidad de acompasar el crecimiento de la población (cerca de 1.250 millones) con el aumento de la producción de alimentos.
Pero China, que se considera una superpotencia científica, también aspira a abrazar la nueva ciencia antes de que sea dominada por países de Occidente.
El proyecto 863, lanzado en marzo de 1986, considera a la biotecnología como la prioridad científica nacional. El presupuesto de este año para la biotecnología triplicó el del año pasado (120 millones de dólares).
Actualmente, más de 100 laboratorios de todo el país investigan las secuencias de genes de especies vegetales, animales y seres humanos.
Chen Dayuan, uno de los biólogos más prestigiosos de China, trabaja en Beijing con el código genético del panda, en vías de extinción, y prometió clonarlo dentro de tres años.
También en la capital, científicos estadounidenses y chinos cooperan para identificar la constitución genética del cerdo.
Shangai, una bulliciosa metrópolis de la costa oriental de China, alberga el moderno edificio del Centro Nacional del Genoma Humano, donde científicos de 30 a 40 años participan del proyecto mundial que descifró el llamado libro de la vida, o el mapa de los genes humanos.
China es la única nación en desarrollo de las seis que intervienen en el proyecto, al cual se incorporó sólo el año pasado, y aportó uno por ciento del mapa.
Sin embargo, en otras áreas de la ingeniería genética, China ya batió récords. Por ejemplo, fue el primer país que comenzó a cultivar productos transgénicos con fines comerciales.
Todo comenzó con plantaciones de tabaco resistentes a los virus, en 1988. En los 12 años siguientes, Beijing aprobó el lanzamiento de más de 90 cultivos alterados genéticamente.
Así mismo, el Ministerio de Agricultura otorgó seis licencias para producción comercial: dos para algodón resistente a las plagas de gusanos, dos para especies de tomate de maduración lenta y resistentes a los virus, una para pimienta dulce y otra para petunias.
«En los próximos cinco años, el gobierno se concentrará en la comercialización de nuestros descubrimientos científicos», afirmó el genetista Lin Ying, de Shangai.
El gobierno publicó en octubre su nuevo plan quinquenal para el desarrollo de China (2001-2005), con renovado énfasis no sólo en la innovación científica sino también en la industrialización de los descubrimientos científicos.
La comunidad científica espera también que la mitad de las tierras de este país sean sembradas con cultivos transgénicos dentro de 10 años.
El ingeniero genético Chen Zhangliang, vicerrector de la Universidad de Beijing, estimó que actualmente hay al menos medio millón de hectáreas plantadas con cultivos transgénicos en China, aunque algunos opinan que podrían ser hasta 0,8 millones.
China concentra sus mejores esfuerzos biotecnológicos en el arroz, el grano más consumido en todo el mundo.
El Instituto Nacional de Investigación del Arroz, con sede en Hangzhou, provincia oriental de Zhejiang, encabeza los estudios para producir plantas de arroz con mayor rendimiento, mejor calidad del grano y más resistencia a las sequías y los insectos.
Según fuentes de la industria, el esfuerzo ya ha rendido frutos. A comienzos de este año, se permitió la venta a prueba del nuevo arroz transgénico resistente a los herbicidas en varios condados de Zhejiang.
Grupos ambientalistas de todo el mundo se oponen a la manipulación genética de los cultivos y señalan que podrían transmitir características indeseadas a cultivos vecinos, además de crear nuevas cepas de «superhierbas».
También señalan que aún no se han determinado plenamente los efectos a largo plazo sobre la salud de los consumidores.
El profesor Chen, de la Universidad de Beijing, tiene una respuesta para esos grupos.
«Con la debida supervisión y respeto por la ética científica, la humanidad puede superar los posibles efectos negativos de la ingeniería genética, del mismo modo que logró usar la energía nuclear para fines pacíficos», dijo.
Otros científicos son más cautos y exigen el etiquetado de todos los alimentos con contenido transgénico. Actualmente, China no cuenta con legislación sobre la materia.
Ying Tiejin, del Departamento de Alimentación y Nutrición de la Universidad de Zhejiang, afirmó que los alimentos transgénicos ya están presentes en la dieta de la mayoría de los chinos, aunque pocos lo saben.
Por ejemplo, el aceite de soya está hecho con frijoles transgénicos, y la cerveza nacional puede contener levadura manipulada genéticamente.
«Los alimentos transgénicos deben etiquetarse por una cuestión de seguridad, y porque los consumidores tienen derecho a elegir», subrayó Ying. (FIN/IPS/tra-en/ab/ral/mlm/dv-sc/00


