Las marchas y contramarchas caracterizaron las tres primeras semanas del proceso de paz en República Democrática del Congo (RDC, ex Zaire), donde el gobierno de Laurent Kabila se enfrenta a grupos insurgentes apoyados por Burundi, Ruanda y Uganda.
Los primeros observadores de la Organización de las Naciones Unidas enviados a la región de los Grandes Lagos para supervisar la aplicación del acuerdo de Lusaka hallaron un marco de acusaciones y recriminaciones entre las partes en conflicto.
Kabila y la insurgente Unión Congoleña por la Democracia se acusan mutuamente de violar el cese del fuego y de actos de provocación para frustrar el acuerdo de paz.
Mientras, Ruanda y Uganda libran una batalla verbal por cuál de los dos fue el responsable del enfrentamiento del mes pasado entre sus Fuerzas Armadas en la ciudad congoleña de Kisangani.
Así mismo, tampoco hay señales de una próxima solución de las disputas internas en la Unión Congoleña por la Democracia. Wamba dia Wamba, el líder expulsado del grupo insurgente, fijó su nueva sede en Bunia, un baluarte de Uganda en el nordeste congoleño.
Pero, al menos, todos esos actores son signatarios del acuerdo de Lusaka. Más peligrosos son los grupos que no lo firmaron, que no tienen interés en un acuerdo político y que seguramente serán hostiles a una fuerza de paz.
Hay en la RDC numerosos grupos irregulares armados, algunos con metas meramente locales, otros que luchan junto con Kabila contra la Unión Congoleña por la Democracia y sus aliados Burundi, Ruanda y Uganda. El acuerdo de Lusaka exige el desarme de todos.
El problema es mayor en las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur, en el este del país, donde hay cuatro grandes organizaciones rebeldes, que combaten a los gobiernos de Burundi, Ruanda, Uganda y la RDC.
Los ruandeses pertenecen a fuerzas Interahamwe y a las ex Fuerzas Armadas Ruandesas (FAR), a quienes se atribuye la matanza de 1994 en Ruanda de casi un millón de personas.
Los rebeldes ugandeses, como las Fuerzas Democráticas Aliadas tendrían el apoyo de Sudán, según argumenta el presidente Yoweri Museveni.
De Burundi están las guerrilleras Fuerzas por la Defensa de la Democracia y los Palipehutu. También operan en esa región los mayi- mayi, de la RDC, que han cambiado de bando en varias ocasiones, pero que son hostiles a Ruanda y a los tutsis congoleños.
Ruanda sostiene que existen entre 30.000 y 40.000 insurgentes ruandeses en la RDC, aunque reconoce que no sabe la cantidad exacta.
El gobierno ruandés asegura que su principal interés ante la rebelión congoleña, que se desató en agosto de 1998, es mantener la seguridad de sus fronteras. Niega las acusaciones de expansionismo que le atribuye Kabila, y advierte que sus soldados seguirán en las provincias de Kivu del Sur y del Norte hasta neutralizar a sus enemigos.
Ruanda sostiene que Kabila entrenó y apoyó a los interahamwe y que no cumplió su promesa de expulsarlos del territorio congoleño.
Comandantes ruandeses sostienen que Wamba dia Wamba y sus aliados ugandeses reclutaron más de 70 combatientes interahamwe, una afirmación que aquel negó rotundamente.
Así mismo, en los últimos dos años, el ejército de Uganda mantiene soldados en el oriente de la RDC para luchar contra las insurgentes Fuerzas Democráticas Aliadas que, desde sus bases en las montañas congoleñas de Rwenzori atacan la zona occidental ugandesa.
El presidente ugandés Museveni ofreció la amnistía a las Fuerzas Democráticas Aliadas, y la extendió a los insurgentes del Ejército de Resistencia del Señor y del Frente de la Ribera Occidental del Nilo, si se rendían para fines de agosto de este año.
Burundi niega tener intervención en el conflicto de la RDC, y su presidente Pierre Buyoya no firmó el acuerdo de Lusaka. Pero varias versiones insisten en que existe una fuerte presencia burundiana en territorio congoleño.
"Nuestro país tomó todos los medios necesarios para proteger nuestro territorio contra la inseguridad", aseguró Buyoya.
Burundi, como Ruanda, esperaba que Kabila aplastara a las Fuerzas por la Defensa de la Democracias y los Palipehutu. Pero esos dos grupos siguen en armas, y cientos de guerrilleros brunidanos habrían fijado sus bases en Kivu del Sur.
La actividad militar de las Fuerzas por la Defensa de la Democracia en la RDC parece ser esporádica. Pero los problemas de seguridad de Buyoya podrían agravarse, pues la violencia en Burundi va en aumento y el proceso de paz del país está interrumpido.
Buyoya se reunió en Kamapal con Museveni. Ruanda también quiere a Burundi de su lado en los próximos meses, sobre todo si se confirmara su presunción de una alianza entre los interahamwe y las Fuerzas por la Defensa de la Democracia.
Por otro lado, la posición de los indígenas congoleños mayi- mayi es mucho menos clara, en parte porque no hay acuerdo acerca de quiénes son y qué representan.
Algunos los consideran sucesores del movimiento rebelde dirigido por Pierre Mulele en el este de Congo a principios de los años 60. Los mayi-mayi tienen muchos seguidores en Kivu del Norte y del Sur, sobre todo en la ciudad de Bukavu.
Al comienzo de la guerra en la RDC contra la dictadura de Mobutu Sese Seko, los mayi-mayi lucharon junto con Kabila, pero luego lo enfrentaron. En su primer año en el gobierno, Kabila luchó por contener a los indígenas, aunque más tarde protagonizó una ceremonia de reconciliación con ese grupo.
La insurgente Unión Congoleña por la Democracia acusa a los mayi-mayi de colaborar con los interahamwe y con las Fuerzas por la Defensa de la Democracia, pero también procura ganar su apoyo.
Kabila designó como comandante del ejército al mayi-mayi Sylvestre Luetcha, una decisión criticada por la Unión Congoleña por la Democracia, que luego aseguró que Luetcha había muerto.
Los mayi-mayi se oponen tajantemente a la presencia ruandesa en Kivu del Norte y Kivu del Sur. Pero no son leales a Kabila, y la Unión Congoleña por la Democracia parece aceptar que deberá llegar a un acuerdo con ellos para mantener su control sobre el oriente de la RDC. (FIN/IPS/tra-en/cs/pm/aq-ff/ip/99


