Cuando en la noche de este domingo se desplegó en un estadio de fútbol de la ciudad de Valencia, a orillas del mar Mediteráneo, un cartel con la inscripción "Sí al deporte, no a la violencia", se reflejó una necesidad sentida en España.
El partido enfrentaba al club Valencia con el Atlético de Madrid, de la capital. Además del cartel, los dos "hombres del bombo", que con sus rítmicos sonidos dirigen los cánticos de las hinchadas respectivas, se sentaron juntos en las gradas e intercambiaron un afectuoso saludo.
Esos gestos, acompañados por declaraciones de personalidades de sectores diversos y por los medios de comunicación, se produjeron como reacción a un episodio ocurrido cuatro días antes en el estadio "Santiago Bernabeu", del Real Madrid, en Madrid, que determinó para ese club una dura sanción de la Unión Europea de Fútbol Aficionado (UEFA).
Integrantes de la peña madridista "Ultrasur", violenta y neonazi, se subieron a la valla que separa al público del terreno de juego, la derribaron y en la caída arrastraron un arco, provocando un atraso de 75 minutos del comienzo del partido por la semifinal de la Liga de Campeones de Europa entre el Real Madrid y el alemán Borussia Dortmund.
Más allá de la falta de previsiones y de organización del Real Madrid, con millones de tele espectadores y oyentes de toda Europa pendientes de la colocación de un nuevo arco, el episodio puso en primer plano a los Ultrasur, la violencia en los estadios y la relación de esos hinchas con los dirigentes de los clubes y con el negocio del fútbol.
Un negocio que mueve millones de dólares y que a la antigua reclamación de los dueños de bares y restaurantes por el público que les quita al transmitir partidos todos los días de la semana a la hora de la cena, acaba de recibir la de los productores de cine.
Gerardo Herrero, presidente de la Asociación Española de Productores Audiovisuales, declaró este lunes al diario El Mundo que "toda la inversión que va al fútbol deja de ir al cine español", aludiendo a los contratos millonarios firmados por los clubes con las cadenas de televisión.
Grupos como los Ultrasur son infaltables en los clubes más poderosos, por el aliento a sus equipos y como un componente fundamental del espectáculo televisivo.
En medios futbolísticos se recuerda el ambiente frío, que rebajó el nivel del espectáculo, que se vivió en 1988 cuando el Real Madrid fue condenado a jugar en su estadio sin público contra el Nápoles, de Italia.
Ahora se ha hecho público que los Ultrasur contaron hasta el día siguiente a los hechos en el Bernabeu con oficinas en el mismo estadio y que allí guardaban símbolos nazis, banderas de la época franquista y un cartel reivindicando a su jefe, José Luis Ochaita, conocido como "Ocha".
Ocha fue sancionado por la justicia con una multa y la prohibición por tres años de entrar a recintos deportivos, por invadir en mayo de 1997 con intenciones violentas, armado de un tirachinas (gomera u honda) y tuercas, el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid.
Esa reivindicación neonazi se hizo patente el 4 de marzo, cuando 70 miembros de la peña fueron detenidos en el aeropuerto alemán de Colonia por gritar "Heil (viva) Hitler" y exhibir símbolos nazis.
Los Ultrasur ingresan al estadio del Real Madrid sin exhibir entrada ni carné de socio y gozan de apoyo de los dirigentes del club para asistir a todos los partidos importantes disputados lejos de la capital española, dentro y fuera del país.
El Real Madrid fue sancionado este domingo por la UEFA con una multa equivalente a 900.000 dólares, más dos partidos de clausura de su estadio en competiciones de la Liga Europea de Campeones. La directiva ha dicho que apelará ese fallo.
En todo caso, no deja de ser curioso que estos hechos, sanción incluida, se produzcan en torno del Real Madrid que, hace tan sólo dos meses, fue proclamado por la propia UEFA como el mejor equipo de fútbol de la historia. (FIN/IPS/td/ff/cr/98