Educación desplazada: tres historias que invitan a la reflexión y a la acción

Este es un artículo de opinión de Atenea Rosado, de la red de Mujeres Unidas por la Educación (MUxED). Pedagoga mexicana con una maestría en Desarrollo Internacional Educativo por la Universidad de Columbia, actualmente es doctoranda en Educación y Antropología en la Universidad de Pensilvania.

Foto: Aline Salazar / MUxED

MÉXICO – El norte de América Central –El Salvador, Guatemala y Honduras– es uno de los lugares más peligrosos del mundo. Las violencias de género, del Estado y las pandillas han obligado a cientos de miles de personas a huir de sus hogares.

Más de medio millón de personas buscan refugio en países vecinos y más de 250 000 han sido desplazados internamente. Además, la crisis climática ha causado sequías e inundaciones en la región, transformando radicalmente la vida de las personas.

Desde el 2017, México ha registrado cerca de 120 000 niñas, niños y adolescentes (NNA) en situación de migración con la necesidad de dar continuidad a su educación escolarizada.

Pese a que México está obligado a garantizar el derecho a la educación para todos los NNA en edad escolar y sin importar su situación migratoria, este derecho no se cumple debido a la discriminación, falta de conocimiento sobre normativas de ingreso y poca inversión de recursos.

A continuación, se narran tres historias, de dolor y esperanza, que hacen patente las necesidades y los problemas educativos que surgen del desplazamiento de las personas y la migración: Melba, la maestra; Elena, la madre; y Germán, el niño de 9 años, que migró solo de Guatemala a Filadelfia.

Melba

“Tú hubieras hecho lo mismo, ¿no?”, me dice Melba Lucío, maestra mexicana-americana con una trayectoria de 35 años, en Brownsville, Texas.

La autora, Atenea Rosado

Para ella, todo comenzó en el verano del 2018, cuando múltiples familias llegaron a Matamoros con la intención de cruzar a  Estados Unidos. El plan “Quédate en México”, creado por la administración de Donald Trump y puesto en práctica por el gobierno federal de México, pronto trajo consigo varios campamentos en la frontera entre ambos países.

En ellos, vivían familias en espera de poder cruzar a Estados Unidos. El campamento en Matamoros llegó a albergar más de 2000 personas, incluyendo NNA en edad escolar.

Dada la emergencia, la maestra Melba, en colaboración con otros maestros de la frontera, crearon Team Brownsville, una de las organizaciones que atienden la crisis humanitaria en la frontera.

En menos de un año, la maestra Melba organizó una escuela para menores en edad escolar: la Escuela de la Banqueta. Inspirada por la pedagogía de Paulo Freire, el objetivo de la escuela era ofrecer un espacio de cuidado y cariño para los niños del campamento.

“Fue un esfuerzo de base”, dice Melba con orgullo, me cuenta que miles de personas en el mundo financiaron este esfuerzo. “El hecho de que la escuela se sostuviera con ayuda solidaria por tres años, es impresionante,” añade Melba, y coincido.

La escuela que atendió a los niños y jóvenes en el campamento de Matamoros no tuvo financiamiento ni reconocimiento estatal: surgió del ánimo, esfuerzo y habilidades de maestros que podían cruzar la frontera.

A principios de 2021, la escuela tenía un jardín, una biblioteca autogestionada y un parque; era una “dignity village”, dice Melba Lucío, un espacio que surgió de y para la dignidad de los niños y las familias del campamento.

Elena

Elena llegó a México en 2016, después de un par de semanas de haber salido de El Salvador, su país natal, con tres hijos: Jorge, de seis años, Sergio, de siete, y María, de 14. Cruzaron Centroamérica en tren, camión y a pie. La violencia rampante en su país la obligó a migrar. Ese año, las maras habían amenazado con secuestrar a su hija María. Elena huyó para proteger a su familia.

Después de un par de meses de estar en el país, Elena decidió regularizar su estatus migratorio y quedarse en México. El sueño de Elena era que sus hijos fueran a la escuela, “siquiera a la preparatoria”.

Tras más de cinco intentos, ninguna escuela primaria aceptó a sus hijos. Las razones que ofrecieron los directores van desde la falta de documentos de identidad hasta desconocimiento institucional sobre cómo tratar estos casos. Una vez que Jorge y Sergio lograron ingresar a la primaria, ambos recibieron múltiples diagnósticos psicopedagógicos que incluían rezagos cognitivos y motrices.

Para Elena, sus hijos no requerían servicios educativos especiales, sino terapia que les ayudará a sobrellevar el trauma de la violencia, pero para sus maestros, los niños tenían una discapacidad cognitiva.

Aunque a Elena le gustaba vivir en México y había formado una comunidad de apoyo, pronto notó que lejos de garantizar y ofrecer la educación que sus hijos requieren, en México se sigue excluyendo a niños refugiados y asilados.

Eventualmente, Elena decidió solicitar la reubicación de su familia. Ella y su familia viven hoy en Suecia. De acuerdo con sus nuevos maestros, Jorge y Sergio no tienen ninguna discapacidad, sino que son víctimas de experiencias de violencia indescriptible.

“Mañana nos vamos a la escuela de verano”, me dicen en una llamada, y cuentan cuánto aman a sus amigos y maestros.

Germán

Germán no come en la escuela. En el recreo no toca sándwiches, ni toma leche, jugos, o agua embotellada. “Es que de esos sándwiches me daban en México y ya no me gustan”, me dice. “Igual de esa agua embotellada, aunque yo decía que me sabía feo. Mi lengua se acuerda”, añade.

Coincido con él; el cuerpo recuerda experiencias traumáticas. Al poco tiempo, algunas maestras y yo logramos que reciba otros alimentos. Germán me cuenta sus recuerdos de México, está seguro de que pasó por Oaxaca y se subió a un tren; está convencido de que estuvo en algún albergue, pero no se acuerda con quién, cómo, ni dónde.

Germán tiene nueve años, habla bajito y no le gusta jugar con otros niños, migró solo a los Estados Unidos desde Guatemala, creció con su abuela y no conoció a sus padres, ahora vive con una tía lejana en Filadelfia.

Poco a poco, Germán habla de su abuela y su pueblo, donde antes había café y ahora hay sequía. Dice que antes había pájaros, pero se han extinguido, al igual que un río que corría por su casa. Nunca insisto en preguntarle cómo era donde vivía y sé que sus experiencias de vida son profundamente dolorosas, sin embargo, a ratos le nace conversar y le escucho.

Su memoria es fragmentada. Pese a ser un excelente estudiante, hablante de kakchiquel, español e inglés, Germán asocia muchas experiencias educativas con su trayectoria migratoria y requiere ayuda socioemocional. Además, más que cualquier otro niño de su clase, está consciente de que la tierra se está calentando y tiene miedo. Igual que a él, me preocupan las consecuencias de que la tierra se caliente y deje de tener agua.

En abril de este año, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en conjunto con la Secretaría de Educación Pública de México y con apoyo de la Cooperación Alemana, lanzó el programa de Inclusión a la Educación Básica de Niñas, Niños y Adolescentes en Situación de Migración.

Dicho programa busca desarrollar y aplicar herramientas para superar obstáculos de acceso a la educación de NNA migrantes en México.

Dada la inminencia de la crisis climática y la falta de compromiso de los países del hemisferio norte por cambiar sus prácticas económicas de consumo y explotación, así como la continuación de políticas de seguridad ampliamente criticadas en Centroamérica, la migración en la región parece no cambiará su tendencia actual.

Programas de inclusión a NNA serán cada vez más necesarios. Un futuro donde todas las personas tengan acceso a espacios educativos pertinentes e inclusivos es posible.

Este artículo se publicó originalmente en Pie de Página, el sitio de la red mexicana de Periodistas de A Pie.

RV: EG

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