Campesinos salvadoreños aprenden prácticas agrícolas para enfrentar cambio climático

El agricultor Luis Edgardo Pérez junto a la plántula de níspero (Eriobotrya japónica) recién sembrada, utilizando una de las técnicas aprendidas para retener el agua de lluvia y evitar que se desperdicie como escorrentía, en un terreno tan empinado como el suyo. Son técnicas para combatir la crisis climática, en el cantón Hacienda Vieja, en el centro de El Salvador. Foto: Gabriela Carranza / IPS

SAN PEDRO NONUALCO, El Salvador – Con la satisfacción de quien sabe que hace algo bueno para él y el planeta, el campesino salvadoreño Luis Edgardo Pérez se dispuso a sembrar un árbol frutal en la parte más inclinada de su parcela, aplicando las técnicas de adaptación al cambio climático para retener el agua.

Eso es vital para Pérez porque por lo inclinado de su terreno el agua de lluvia se solía desperdiciar como escorrentía, se iba terreno abajo y sus cultivos no prosperaban.

Antes de sembrar el árbol de níspero (Eriobotrya japónica), Pérez previamente había cortado de tajo un pequeño segmento de la pendiente y había aplanado el reducido espacio circular donde después lo plantó.

Esa técnica se llama “terrazas individuales” y busca retener el agua de lluvia para que se infiltre al pie del árbol. Y lo mismo ha hecho con los nuevos cítricos sembrados en su pequeña finca.

Aprendió esa técnica desde se integró a un esfuerzo nacional, promovido por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), para que los agricultores se vuelvan resilientes ante los impactos del cambio climático.

“En tres años este níspero me estará dando frutos”, afirmó a IPS junto al árbol recién plantado, alegre y sudoroso, este campesino de 50 años, oriundo del cantón Hacienda Vieja, del municipio de San Pedro Nonualco, en el departamento de La Paz, en el centro de El Salvador.

Ese municipio es uno de los 114 del país que se ubica en el llamado Corredor Seco Centroamericano, una franja que cubre 35 % de América Central y donde viven más de 10,5 millones de personas, que tienen amenazada su seguridad alimentaria por los ciclos inconsistentes de las lluvias,  que hacen difícil la agricultura.

El Proyecto Reclima es el nombre del programa ejecutado por la FAO y financiado con 35,8 millones de dólares por el Fondo Verde para el Clima (FVC), que respalda la mitigación y  adaptación al cambio climático en el Sur en desarrollo.  El gobierno salvadoreño también ha aportado 91,8 millones en especies.

El plan arrancó en agosto de 2019 y, ya en su primera fase, abarca la instalación de 639 Escuelas de Campo para promover prácticas de agroecología en la que participan 22 732 familias, localizadas en 46 municipios ubicados en el Corredor Seco salvadoreño.

Ya se tiene asegurada además la instalación de 352 sistemas de riego por goteo proyectando, y se han comenzado a montar 320 sistemas domiciliares de captación de agua lluvia para consumo, en 12 municipios del país.

Se tiene previsto que al final del programa se hayan intervenido los 114 municipios del Corredor Seco y se haya beneficiado a unas 50 000 familias.

Patricia Argueta, de 40 años, siembra una de las plantitas de pimiento verde (Capsicum annuum) en el huerto comunitario de Hoja de Sal, en el municipio de Santiago Nonualco, en el centro de El Salvador. Ella es una de las agricultoras que aprenden nuevas técnicas agroecológicas como parte de un proyecto para volverlas resilientes ante los impactos del cambio climático. Foto: Gabriela Carranza / IPS

Aprender y enseñar

Pérez es uno de los 639 productores que, por su entusiasmo y dedicación, se han convertido en promotores comunitarios de esas acciones resilientes aprendidas de los técnicos del gubernamental Centro Nacional de Tecnología Agropecuaria y Forestal.

Se reúne con ellos periódicamente para aprender nuevos conocimientos y replicarlo con los campesinos en Hacienda Vieja, pues tiene bajo su responsabilidad un grupo de 31 personas a las que debe enseñarles lo aprendido.

“En esto uno siempre está aprendiendo, nunca se deja de aprender. Y hay que llevarlo a la práctica, con las demás personas”, sostuvo.

En su parcela de 5,3 hectáreas perdía buena parte de su cosecha de cítricos debido a que el agua lluvia no lograba infiltrarse, de iba de paso por el terreno inclinado.

“Tenía mucha pérdida de naranja, perdía hasta 15 000 en una cosecha, por la falta de agua, la naranja se caía”, narró.

En su propiedad ha aplicado también otros métodos de retención de agua lluvia y humedad, entre ellas las barreras vivas y la conservación del rastrojo, es decir, las hojas, ramas y demás material orgánico que cubre el suelo y lo ayuda a mantener la humedad.

La producción de cítricos de Pérez ronda las 50 000 naranjas por cosecha, más unos 5 000 limones. También cosecha maíz y frijoles, en una técnica que combina esos granos con especies maderables y frutales. Por eso sembró el níspero.

“Amo lo que yo hago, me identifico con mis cultivos, me gusta hacerlo, me apasiona”, dijo.

Ruperto Hernández, de 72 años, termina de preparar el abono orgánico sólido conocido como bocachi, con el cual él y otras familias beneficiarias de un programa impulsado por FAO en El Salvador fertilizan sus cultivos, en el cantón San Sebastián Arriba, del municipio de Santiago Nonualco, en el centro de El Salvador. Foto: Gabriela Carranza / IPS

En forma colectiva es mejor

Unos cinco kilómetros más al sur, bajando por la carretera, se llega al cantón San Sebastián Arriba, del municipio de Santiago Nonualco, siempre en el departamento de La Paz.

Ahí, bajo el sol inclemente del mediodía, un grupo de hombres y mujeres sembraban pepino, al que abonaban con bocachi, el fertilizante orgánico sólido que los campesinos han aprendido a producir para utilizarlo en sus cultivos, como parte del programa de FAO.

“Estamos picando bien la tierra, le ponemos un poquito de abono orgánico, lo revolvemos con la tierra que picamos y ponemos la semillita de pepino”, comentó a IPS el campesino Ruperto Hernández, de 72 años.

Para preparar el fertilizante, Hernández explicó que usaron productos como granza de arroz, melaza, carbón, tierra, gallinaza y estiércol de ganado.

“Entre más ingredientes lleva es mejor”, explicó.

Hernández mostró también las técnicas para conservar el agua aplicadas en esa propiedad. Entre esas están las “acequias de ladera”, que son como trincheras poco profundas cavadas en el suelo, en un ángulo específico.

La parcela, de siete hectáreas, es una especie de escuela agroecológica, pues ahí ponen en práctica los conocimientos aprendidos y luego los agricultores lo hacen en sus propias parcelas.

Entre las mujeres del grupo se encontraba Leticia Valles, quien ha estado trabajando con una toalla sobre la cabeza, para defenderse un poco del sol.

Valles contó que es primera vez que va a probar fertilizar con bocachi su milpa, el cultivo que combina maíz, frijoles y otras especies.

“Siempre hemos usado el abono comercial, hasta ahora vamos a probar el bocachi, y estoy bastante entusiasmada, espero una buena cosecha”, acotó, durante un receso.

También se les ha enseñado, como al resto de personas participantes del programa, a producir herbicidas y funguicidas ecológicos, que no solo beneficia las tierras sino las finanzas, al ser más baratos de elaborarlos.

Imelda Platero, de 54 años, y Paula Torres, de 69, en medio de un maizal en el cantón Hoja de Sal, en el centro de El Salvador. Ellas son dos de las mujeres más activas en la promoción de acciones de adaptación de la agricultura al cambio climático en su localidad, en Corredor Seco. Foto: Gabriela Carranza / IPS

Cambiando patrones machistas

Y aún más al sur, ya cerca del océano Pacífico, se ubica el caserío de Hoja de Sal, en el mismo municipio de Santiago Nonualco, un lugar que también forma parte del Proyecto Reclima.

El esfuerzo en esa localidad lo lidera Imelda Platero, que coordina un grupo de 37 personas a las que ella enseña las prácticas de resiliencia, en las parcelas de la cooperativa Hoja de Sal, constituida en 1980 como parte de la reforma agraria impulsada en El Salvador.

Un total de 159 socios de la cooperativa cultivan de forma colectiva las más de 700 hectáreas de tierra, la mayor parte dedicada a producir caña de azúcar. Y esos socios tienen derecho a menos de una hectárea para producir granos y hortalizas de forma individual.

Pero no solo les enseña a sembrar con métodos agroecológicos para combatir los impactos del cambio climático.

También enseña a las 27 mujeres del grupo a tomar conciencia de su rol y a empoderarse, como parte del eje de género contemplado dentro del programa.

“Me indignaba cuando escuchaba historias de que un asociado ponía candado al granero y la mujer no podía vender maíz mientras él no estuviera ahí, eso se llama violencia económica”, subrayó Platero, de 54 años.

Y agregó: “Hemos venido trabajando ese tema, es un reto, aún cuesta pero las mujeres están más empoderadas, ahora ellas producen su maíz y ellas lo venden como quieren”.

Otro aspecto importante es respetar la cosmovisión y los conocimientos ancestrales de los campesinos de la zona.

“Por ejemplo, Paula no siembra si no ve en qué fase está la luna”, dijo Platero, refiriéndose a Paula Torres, una campesina de 69 años, y una de las más entusiastas dentro de la iniciativa.

Torres y su esposo Felipe de Jesús Mejía, con quien ha procreado 15 hijos e hijas, están a dos semanas de cosechar las primeras mazorcas de una milpa que resplandece de vida, con un verdor intenso. Ella está segura de que se debe al abono orgánico aplicado.

“He visto la diferencia, mire qué milpa más chula”, dijo Torres, usando un adjetivo que en El Salvador puede significar también frondoso o de bueno tamaño al referirse a plantas.

Torres añadió que, como ve que le ha funcionado bien, lo va a usar “hasta que muera”. El año pasado ella y su esposo produjeron unos 1133 kilos de maíz, y este año esperan cultivar más, por lo que se mira.

“Nunca es tarde para aprender”, comentó, mientras se iba agachando y cortando los pipianes, una variedad de calabacines o zapallos (Curcubitacea pepo) que vende en la comunidad, además de cocinarlos en su hogar.

ED: EG

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