AGRICULTURA-ÁFRICA: La liquidación neoliberal
Análisis de Shawn Hattingh*
CIUDAD DEL CABO, jun (IPS) - La población de
varios países de África toma las calles para
reclamar por el derecho básico a la alimentación.
La nefasta situación no es antojadiza, sino
consecuencia del sistema económico mundial vigente.
En las naciones donde hubo reclamos, las
fuerzas de seguridad reprimieron a los
manifestantes con escudos, bastones, gases
lacrimógenos, rifles e incluso ametralladoras.
Esta reacción desmedida acabó con cientos de vidas.
Millones de personas deben luchar para
conseguir alimento a causa de las enormes
disparidades e inequidades, exacerbadas por la
adopción de políticas económicas de corte
neoliberal, como las dispuestas por casi todos
los países africanos en los últimos 30 años.
Esas políticas favorecieron los intereses de
las grandes corporaciones en perjuicio de la
población y permitieron que un puñado de empresas
se arrogaran el virtual monopolio de la cadena alimentaria.
Antes del advenimiento del neoliberalismo en
la década del 80, muchos gobiernos africanos,
como el de Tanzania, asistían a los pequeños
agricultores de sus países mediante diferentes
subsidios, incluso a la investigación, el
transporte y los servicios de procesamiento.
Tras la independencia de Zimbabwe en 1980, el
gobierno, incluso, subsidió semillas, abono y
equipos necesarios para los pequeños agricultores.
Los países africanos aplicaban altos
aranceles a la importación de alimentos básicos
como maíz, arroz y otros granos para proteger a
pequeños y medianos agricultores de la
competencia desleal y de los precios más bajos de los productos extranjeros.
Numerosos estados también desempeñaron un
papel activo en ese periodo ayudando de los
agricultores a formar cooperativas.
Como consecuencia, los pequeños y medianos
agricultores abastecían a gran parte de la
población africana entre 1950 y 1980. De hecho,
hasta finales de los 70, este continente fue un neto exportador de alimentos.
Pero la situación cambió totalmente en la década siguiente.
A principios de los 80, Estados Unidos, el
Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco
Mundial recurrieron al poder de la deuda
contraída por muchos países africanos para
obligarlos a adoptar políticas económicas
neoliberales en el marco de los Programas de Ajuste Estructural.
Gobiernos africanos se vieron obligados a
vender sus activos a compañías multinacionales,
permitir que empresas extranjeras ingresaran y
sacaran dinero, poner fin a los subsidios a los
alimentos, crear zonas francas de procesamiento
de exportaciones, aplastar los derechos
laborales, liquidar leyes ambientales y congelar salarios.
También debieron reducir los aranceles a la
importación de productos agrícolas, lo que abrió
mercados a las multinacionales. Además debieron
disminuir de forma drástica los subsidios a los
pequeños agricultores, cuya producción se destinaba al consumo interno.
Estados Unidos y la Unión Europea siguieron
subsidiando a sus propios agricultores, en su
mayoría corporaciones agroindustriales. También
mantuvieron aranceles altos para los productos agrícolas.
El resultado de esa política fue que, a
mediados de los 80, los pequeños agricultores de
África perdían una competencia injusta con sus
pares subsidiados de Estados Unidos y Europa,
cuyos productos inundaban sus países.
Estados Unidos, el FMI y el Banco Mundial
pidieron a los países africanos que liquidaran la
asistencia a sus pequeños agricultores. Pero los
alentaron a seguir ayudando a las corporaciones y
a los grandes agricultores, cuya producción se exportaba.
Desde Ghana a Kenia, se estimuló la
producción de ciertos cultivos necesarios o
pedidos por Europa y Estados Unidos.
Por ejemplo, Kenia debió concentrarse en el
cultivo de flores para exportar a Europa, en
tanto Ghana se dedicó a la producción de cacao para Estados Unidos.
Esos países, presionados por los organismos
multilaterales de crédito y las compañías
multinacionales, priorizaron esos cultivos en vez
de los que permitían alimentar a la población local.
Las compañías estadounidenses y europeas
también emplearon el régimen de "libre" comercio
para aterrizar en las naciones africanas y
arrogarse mercados enteros o instalar operaciones destinadas a la exportación.
Por ejemplo, la empresa italiana Parmalat
empleó políticas neoliberales en Sudáfrica para
copar el país en forma masiva en los 90 mediante
la compra de las compañías lácteas locales como Towerkop y Bonnita.
Al principio, Parmalat subsidió sus
emprendimientos en Sudáfrica mediante sus
operaciones internacionales. Eso les permitió
lanzarse con precios de guerra, lo que, a la
postre liquidó, a muchos de sus pequeños competidores.
De esa forma se hicieron con el monopolio
virtual de la industria láctea de este país.
Con el advenimiento del libre comercio y el
recorte drástico de los aranceles a las
importaciones en África, los productos agrícolas
subsidiados exportados por las corporaciones de
Estados Unidos y Europa inundaron las naciones africanas.
La mayoría de los pequeños agricultores, que
se quedaron sin subsidios en el marco de las
políticas de ajuste estructural, no pudieron competir con los precios.
Por ejemplo, cuando se bajaron los aranceles
en África meridional y occidental, las
corporaciones europeas se aprovecharon e
inundaron esas regiones con productos cárnicos.
El resultado fue la ruina de miles de ganaderos.
Millones de pequeños agricultores y
trabajadores rurales de África se vieron
expulsados de sus tierras. Por lo tanto, las
naciones africanas ya no puedan cubrir sus
necesidades alimenticias por sus propios medios.
De hecho, 25 por ciento de los productos
alimenticios importados por África proceden de
Estados Unidos y Europa, lo que, por supuesto,
beneficia a las compañías multinacionales.
Ese funesto desarrollo de los acontecimientos
es lo que determinó que muchos africanos exigen
comida. Los pobres del continente protestan en
reclamo de su derecho a alimentarse y a vivir con dignidad.
Pero esa lucha no es nueva.
Movimientos internacionales como La Via
Campesina, a la que están afiliadas muchas
organizaciones rurales de África, luchan por el
derecho a alimentarse desde hace décadas.
La Via Campesina defiende la producción local
como forma de cubrir las necesidades locales
fuera de la economía controlada por las corporaciones internacionales.
De hecho, es necesario romper el control de
las corporaciones sobre la cadena alimenticia, y
sólo la gente puede hacerlo. Sólo la gente y sus
acciones pueden crear un mundo libre,
democrático, digno y equitativo, en el que nadie
muera de hambre simplemente por no tener dinero.
*Shawn Hattingh es un investigador y docente del
Grupo de Información e Investigación Laboral, con sede en Ciudad del Cabo.
(FIN/2008) Envíe sus comentarios al editor |