AFGANISTÁN: A cuatro años de la invasión, los peligros no ceden Por Jim LobeWASHINGTON, 6 oct (IPS) - Cuatro años después de la invasión estadounidense
que desalojó al régimen islámico talibán de Afganistán, el gobierno del
presidente Hamid Karzai goza de cierta estabilidad, pero la situación de la
seguridad y la economía sigue siendo desesperante.
La estabilidad política, reforzada por las exitosas elecciones del mes
pasado para las legislaturas nacional y regionales, da pie a declaraciones
de satisfacción de las autoridades de Estados Unidos.
Sin embargo, expertos advierten que Afganistán continúa siendo
extremadamente dependiente de la ayuda exterior y sufre serias amenazas,
desde un resurgimiento de la insurgencia de Talibán hasta la consolidación
del narcotráfico como base de la economía doméstica.
Los programas de entrenamiento para el ejército y la policía están
retrasados respecto del cronograma establecido, lo que deja vastas áreas
más allá de Kabul bajo el control de los señores de la guerra.
Y en los últimos meses se elevó la cantidad de civiles y soldados
estadounidenses muertos a manos del movimiento Talibán y de las fuerzas de
su principal aliado, Gulbuddin Hekmatyar.
En lo que va de este año murieron en acción 86 soldados
estadounidenses, una cifra muy abultada en comparación con los 55 caídos
entre el 7 de octubre de 2001, cuando comenzó la invasión, y el 31 de
diciembre de 2002.
Más de 1.200 personas en total murieron en el marco del conflicto en
los primeros seis meses de este año, según el Grupo Internacional de Crisis
(ICG).
"La guerra en Afganistán está adquiriendo un ritmo que no se preveía",
dijo Michael Scheuer, ex funcionario de la Agencia Central de Inteligencia
estadounidense (CIA) que se dedicó durante buena parte de su carrera a
seguir el rastro del líder de la red terrorista Al Qaeda, Osama bin Laden.
El atentado que segó 3.000 vidas el 11 de septiembre de 2001 en Nueva
York, Washington y Pennsylvania, atribuido a Al Qaeda --entonces protegida
en territorio afgano por Talibán--, desató como réplica un mes más tarde la
invasión de Afganistán, a cargo de una coalición internacional encabezada
por Estados Unidos.
Los ataques insurgentes se volvieron cada vez más complejos en el
último año. Además, surgen evidencias de que los islamistas radicales que
combaten contra las fuerzas estadounidenses en Iraq poseen equipos y
experiencia adquiridos en la lucha en Afganistán.
Por otra parte, la asistencia a las urnas marcó cierta desilusión de
los ciudadanos, pues se redujo de 70 por ciento de los habilitados en las
presidenciales de 2004 a 53 por ciento en las legislativas del mes pasado.
Aquellos que obtuvieron más votos en las zonas más seguras del
territorio, como Ramyan Bachardost en Kabul, protagonizaron campañas
populistas contra la corrupción y el desperdicio de asistencia
internacional, según Barnett Rubin, experto de la Universidad de Nueva York.
Rubin, junto con Scheuer y otros expertos, participaron el miércoles en
un foro sobre la situación de Afganistán patrocinada por la Universidad
George Washington y el Centro para el Progreso de Estados Unidos.
Las quejas de la mayoría de la población del interior del país no
cesan, a pesar del gran crecimiento económico registrado desde la
instalación en diciembre de 2001 del gobierno interino de Karzai,
confirmado el año pasado al frente de la presidencia.
Afganistán continúa dentro de la media docena de los países más pobres
del mundo, y, según informó en julio el Departamento de Estado
(cancillería) de Estados Unidos, 70 por ciento de su población sufre
desnutrición, el mayor índice del mundo.
El hecho de que la actividad económica no esté tan atada a la ayuda
internacional se debe al narcotráfico, que, según Karzai, es el principal
problema del país junto con la corrupción.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) calculó a comienzos de año
que el cultivo y tráfico de adormidera (amapola, insumo del opio, la
morfina y la heroína) representa 60 por ciento de la economía, es decir
2.800 millones de dólares.
El Departamento de Estado advirtió el año pasado que Afganistán estaba
"a punto de convertirse en un Estado narcótico", pues concentraba casi 90
por ciento de la producción de adormidera del mundo.
Las cosechas se redujeron ligeramente este año, según la ONU, pero el
país se ha dedicado cada vez más al procesamiento de heroína.
La gran dependencia del narcotráfico que sufre la economía afgana
origina una gran paradoja a Estados Unidos y otros donantes
internacionales, según Rubin.
"No puede establecerse una política de consolidación nacional por un
lado y, por el otro, una política de aniquilamiento de un gran sector de la
economía", sostuvo el experto. El cultivo de adormidera, aseguró, está hoy
extendido a todas las provincias afganas.
"No hay señales de una estrategia completa de desarrollo, de
construcción de una economía legal", añadió Rubin, quien asesoró a la ONU
en las reuniones de donantes celebradas en Bonn en 2001.
Tampoco el diplomático estadounidense James Dobbins, quien representó a
su país en las reuniones de Bonn, percibe "una estrategia para el corto
plazo" para reducir la dependencia del narcotráfico.
Cualquier medida para erradicar los cultivos en este momento no solo
empobrecería aun más a la población rural, sino que también profundizaría
la desconexión entre el gobierno en Kabul y el resto del país, según Rubin.
Eso elevaría el sentimiento de "gran brecha institucional" entre
organizaciones locales y de base, la mayoría de las cuales están nucleadas
en torno de mezquitas, y el gobierno central.
Otro motivo de vulnerabilidad institucional es la falta de consenso
entre las mezquitas sobre la legitimidad del gobierno, advirtió Rubin. Los
líderes religiosos cuentan con una amplia red nacional que puede realizar
movilizaciones populares, algo de lo que carecen las autoridades centrales
y locales.
Otro problema es la incoherencia entre "tres o cuatro gobiernos" que
incluyen la oficina de la ONU en Kabul, la embajada de Estados Unidos, las
organizaciones no gubernamentales que administran la mayor parte de la
ayuda internacional, el gobierno de Karzai y, "en quinto lugar, el
parlamento", dijo el antropólogo afgano Nazif Sharani, de la estadounidense
Universidad de Indiana.
Estados Unidos y el resto de los donantes han cometido un grave error
al tratar de consolidar el gobierno central, en particular al ejército y la
policía --a los cuales se asigna casi la mitad del presupuesto central--, a
expensas de las autonomías locales y organizaciones de base, según Sharani.
"Este gobierno continuará no porque el pueblo lo respalde, sino porque
el pueblo teme el regreso de Talibán", afirmó Sharani.
El régimen de Talibán, en que participaban estudiantes de teología
refugiados en Pakistán durante la ocupación soviética de Afganistán
(1979-1989), prohibió a partir de 1996 la actividad artística, desconoció
los derechos fundamentales de las mujeres y destruyó antiguos monumentos
budistas.
La versión fundamentalista del Islam practicada por Talibán ha sido
rechazada por académicos y políticos de todo el mundo musulmán. La
Conferencia Islámica, integrada por 56 países desde el océano Pacífico
hasta el Atlántico, nunca lo apoyó.
A las mujeres se les prohibía estudiar, trabajar y salir solas de sus
casas. Las que no usaban burqa, la tradicional vestimenta que las cubre de
pies a cabeza, sufrían insultos, golpes y azotes. Muchas viudas morían de
hambre pues, sin compañía de un familiar masculino, se les impedía salir de
sus hogares.
El intento de crear una sociedad islámica "pura" incluyó amputaciones y
ejecuciones públicas, con el propósito de erradicar el delito. Y también
estuvieron prohibidos el maquillaje y los adornos, el ajedrez, la
televisión, el cine, el teatro y la música.
El régimen concluyó en 2001, tras la operación militar encabezada por
Estados Unidos. La coalición militar triunfante impuso en diciembre de ese
año como presidente a Karzai, un magnate exiliado.
((FIN/2005) Envíe sus comentarios al editor |