Palestinos encuentran refugio cruzando el Atlántico Por Fabíola OrtizRÍO DE JANEIRO, ago (IPS) - Issam Ali Hassan tiene la existencia precaria de un refugiado. Hijo de
palestinos, vivía con ese estatus en Bagdad, de donde debió escapar
cuando Estados Unidos invadió Iraq, en 2003.Pasó más de cuatro años en un campamento en la frontera de Jordania, hasta
que viajó a Brasil tras ser aceptado por el Programa de Reasentamiento
Solidario, que ejecuta el gobierno de Dilma Rousseff con apoyo del Alto
Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).
A los 30 años, Hassan no olvida la angustia, soledad y desesperanza del
campamento desértico de Ruweished, a 70 kilómetros de la frontera con Iraq,
donde compartió penurias y tiendas improvisadas con otros palestinos,
somalíes, iraníes, kurdos, sudaneses y argelinos.
Aceptó contar su vida a IPS, pero no quiere saber nada de fotos. "En 2003,
cuando la guerra llevaba 15 días, tuve que irme. Es muy difícil quitarme de
la cabeza ese tiempo porque sufrí mucho. Vivía solo en el campamento. No
tenía trabajo ni estudio, estaba lejos de mi familia y sin contacto con el
mundo exterior", dice.
Refugiados de varios países que llevaban años en Iraq escaparon de la guerra
hacia Jordania, que les negó el ingreso. Miles quedaron varados en la
desértica tierra de nadie fronteriza o acabaron en Ruweished.
Pese a los esfuerzos del Acnur, el campamento tenía condiciones singulares
de aislamiento.
En el verano desértico, el interior de las tiendas se calentaba hasta los 60
grados, y en invierno el frío era congelante. No había electricidad, y el
agua y los alimentos estaban racionados.
"Tenía derecho a 20 litros por día. Nos daban legumbres tres veces por
semana, pero luego se redujeron a dos veces. Para comprar comida, la gente
trabajaba limpiando baños y otras instalaciones", recuerda.
Una noche el fuego tomó una de las tiendas y una niña de cinco años murió
quemada. "Cuando hablo, las imágenes aparecen como en una película. No
quiero acordarme, pero no puedo evitarlo", dice Hassan.
"Quería que alguien me salvase de aquella tierra. Todo el mundo quería irse,
buscar un país rico que asistiera a los refugiados, como Australia, Suecia,
Noruega o Canadá".
Entonces "apareció una luz, que era Brasil, y corrí tras ella. Pero me fui
de allá sin esperanzas. Nuestros sueños se habían terminado", relata.
En octubre de 2007, Hassan se sumó a un contingente de 108 palestinos que
salieron de Ruweished rumbo a Brasil. El 5 de noviembre de ese año, con la
partida de la última familia, ese campamento fue cerrado.
Fueron los primeros no latinoamericanos en beneficiarse de un programa de
reasentamiento propuesto como una de las soluciones duraderas del Plan de Acción de México Para Fortalecer la Protección
Internacional de los Refugiados en América Latina, adoptado por 20 países de
esta región en 2004.
Una parte del grupo se dirigió junto con Hassan al estado de Rio Grande do
Sul, en el extremo sur brasileño, bajo la asistencia de la jesuita
Asociación Antônio Vieira, y otros al interior del también sureño São Paulo,
con ayuda de Cáritas Brasil.
El viaje de casi 20 horas lo dejó en Porto Alegre, capital riograndense, con
otros 50 palestinos, la mayoría hombres solteros y sin familia.
Los recibieron autoridades de este país, del Acnur y de la comunidad árabe
local. Pasó un mes residiendo en una iglesia, hasta que le asignaron un
pequeño apartamento y una ayuda mensual equivalente a 170 dólares durante
dos años.
"Aprendí a hablar portugués en el trabajo. La religión es diferente, las
costumbres y hasta el clima; y la lengua es difícil", señala.
Recorrió la extensa geografía de este país buscando trabajo, desde Porto
Alegre a Río de Janeiro, pasando por São Paulo y los estados de Mato Grosso,
en el oeste, y Rondônia, en el noroeste. Trabajó en seguridad en tiendas de
ropa, en plantas de procesamiento de pollos y carne, en la cocina de un
restaurante árabe…
Hoy, de vuelta en Río, tiene una vida estable. Fue acogido por la familia de
su esposa brasileña, de origen árabe, que está embarazada de su segundo
hijo.
Desde hace año y medio, Hassan es dueño de una pequeña tienda de ropa
infantil en el barrio carioca de Tijuca, que lo enorgullece porque la
construyó con sus propias manos.
Aunque lleva cinco años Brasil, todavía no tiene residencia permanente y por
eso no puede tramitar su pasaporte para visitar a sus familiares,
desparramados por el mundo, a los que no ve hace 12 años. Sus siete hermanos
viven en Suecia, Noruega, Grecia y Jordania, y su madre y hermana en Iraq.
Él se queja de la escasa ayuda que recibió como refugiado. La mayoría de las
familias que permanecieron en Porto Alegre aún hoy siguen recibiendo
asistencia, pero los solteros quedaron por su cuenta, asegura.
"Después de dos años no recibí más ayuda y el salario de mi trabajo era muy
bajo". Sabe poco del paradero de los demás palestinos que llegaron con él,
pero sí está al tanto de que algunos no tuvieron su misma suerte. "Hubo
gente que mendigó por la calle o se enredó con las drogas. Otros encontraron
un empleo fijo, y hay quienes trabajan duro".
El Programa de Reasentamiento Solidario prevé una cobertura de dos años,
pero en algunos casos se extiende hasta cuatro, de acuerdo con "el grado de
integración en la sociedad" del beneficiario, explica a IPS el portavoz del
Acnur en Brasil, Luiz Fernando Godinho.
En este país de más de 192 millones de habitantes, los refugiados gozan de
sus mismos derechos fundamentales y tienen acceso a los servicios públicos
de educación y de salud.
Solo un pequeño grupo de palestinos siguen recibiendo asistencia del Acnur.
Son personas enfermas y vulnerables que cuentan con hospedaje, un subsidio y
acompañamiento psicosocial, dice Godinho.
Karin Wapechowski, coordinadora de la Asociación Antônio Vieira en Porto
Alegre, fue quien recibió en 2007 a los refugiados como Hassan. Por
entonces, contactó a las comunidades árabe-palestinas de la región para que
colaboraran en la acogida de los recién llegados.
En Rio Grande hay 68 de ellos, dice Wapechowski a IPS. "Al principio fue
difícil. Pero ahora hablan portugués y sus hijos también se adaptaron y
dominan la lengua. Están bien integrados. Las personas mayores tienen más
dificultades, pero los jóvenes se casaron, tienen hijos brasileños y están
afincados", describe.
Para ayudar a entender la cultura, el tipo de alimentación y la religión de
los palestinos se creó una red de apoyo, cuenta.
"Fue un desafío. Hasta entonces teníamos solo experiencia de recibir a
colombianos. Preparamos un paquete con clases de portugués e informaciones
geográficas y culturales de Brasil. La idea del reasentamiento era incluir a
las personas, y hasta hoy hacemos seguimiento de las familias", dice
Wapechowski.
Aunque ya está adaptado, Hassan reconoce que ser refugiado es una cicatriz
que no se borra. "Viví mi vida entera como tal. No soy visto por mi
nacionalidad, sino como refugiado".
Ese es el problema de los palestinos, cuyos territorios están ocupados por
Israel. "No hay una solución política para su estatus", explica a IPS el comisionado general de la Agencia de
las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, Filippo Grandi.
Casi cinco millones de palestinos, eternos refugiados, viven en Líbano,
Siria, Jordania y los territorios ocupados. Decenas de miles viven en otros países de Medio Oriente
y el norte de África. (FIN/2012) Envíe sus comentarios | © Reproducir este artículo
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