La llegada de la derecha al gobierno de Chile, después de 20 años de administraciones de centroizquierda, coincidió casi con el más destructor terremoto de la historia de este país, de 8,8 grados en la escala Richter, y uno de los peores del mundo.
La tarea de reconstruir cientos de miles de viviendas, así como hospitales, escuelas e infraestructura económica y de transporte se suma a otra meta tan vital, aunque más intangible: cerrar las grietas sociales y de desarrollo que el sismo dejó al descubierto en esta nación elogiada como una de las más avanzadas de América Latina.
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